Tecnología y sindicalismo

Raquel Baños

Año 2002, el aire huele a esperanza, entusiasmo, empoderamiento, las calles solitarias de la madrugada parecían ser cómplices de aquella pareja que venía de su trinchera de lucha repletos de ilusión, iban de vuelta a casa después de tejer sus sueños, junto a otros soñadores con los que compartían sus utopías, utopías que les unía y les daba fuerza para materializarlas, sin sentir la fatiga del cansancio.

El hogar de aquella pareja se convirtió en la editorial de donde salían las convocatorias para dar cursos de formación a los trabajadores, era costumbre sentir el sonido de una vieja y lenta   impresora que durante toda la noche y parte del día se quedaba escupiendo, entre sus cabezales, todo el material que tenía ordenado imprimir. 

Los sueños no podían hacerse realidad sin una formación previa, ya lo decía el apóstol José Martí: “Ser cultos para ser libres”, o con otras palabras lo dice el cantautor argentino José Larralde: “La ignorancia es material para hacer esclavos baratos”.

La tecnología no estaba tan avanzada, no existía el whatsApp y, los correos electrónicos estaban empezando a ponerse de moda, pero pocos tenían ordenadores en casa, de modo que las convocatorias había que hacerlas llegar por correo postal, tras mucho esfuerzo por conseguir la dirección de los trabajadores a convocar. 

Llegó el momento tan esperado, y en cada latido del corazón de aquellos entusiastas sindicalistas vivía el temor al fracaso: ¿acudirán los trabajadores al primer curso de formación organizado? ¿Habrá sido en vano todo el esfuerzo y tiempo invertido en la búsqueda del ponente, elaboración de la convocatoria y los gastos derivados del envío de ésta por correo postal?

Alrededor de la edificación prevista para el curso de formación había un importante número de coches aparcados - ¿serán de los convocados? - dijeron reprimiendo el entusiasmo por miedo a llevarse luego una decepción. Entraron en la sala reservada y se la encontraron abarrotada de trabajadores. Fue una experiencia maravillosa que marcó el inicio de una larga etapa de formación sindical y laboral. La demanda de cursos era muy elevada, las llamadas telefónicas solicitando asistir a cursos eran constantes, pero donde mandaba la ilusión y el deseo de transformación social, no había cansancio y, el día para aquella pareja tenía más de 24 horas, restándole horas al descanso nocturno.

Año 2026, el aire huele a apatía, indiferencia, comodidad, desánimo. El local sindical está prácticamente vacío, excepto los viernes, día preferido por los Representantes de los Trabajadores para hacer uso de sus horas sindicales. Desde hace algunos años se ha implantado la tecnología en todos los ámbitos de la vida y, ha penetrado hasta el tuétano en el sindicalismo. Ya es más fácil enviar una convocatoria para asistir a cursos de formación, llega a todos en un momento, pero ya no interesan, no hay voluntad de participación, falta además el compromiso, confirman asistencia y en base a ello se pone la maquinaria en marcha, se invierte tiempo y energía para nada, porque al final se descuelgan y no acuden, ¡qué frustrante!, ¿qué ha pasado?, ¿por qué tanta indiferencia y apatia?.

La tecnología se ha impuesto sobre las prácticas sindicales conocidas hasta ahora, las ha moldeado sutilmente sin que nadie se percatara de ello, ha convertido el sindicalismo en gestoría, ya los Representantes de los Trabajadores apenas acuden a los locales sindicales, las consultas son vía whatsApp, los documentos y escritos se envían por correo electrónico, muchas negociaciones de convenio colectivo o reuniones se resuelven online, cada vez hay menos contacto, menos calor humano, menos Asambleas.

La tecnología bien usada es una herramienta maravillosa, pero mal usada aleja al sindicalismo de su esencia, resta la calidad del contacto humano que es insustituible. Las Asambleas permitían el intercambio de experiencias entre trabajadores de distintas empresas, se aprendía cómo proceder ante las injustas actuaciones de la patronal. Las Asambleas son y serán siempre una herramienta revolucionaria.

Hoy toca llevar a cabo, una vez más, la revolución de las ideas, de modo que la tecnología esté al servicio del sindicalismo y no al revés, es preciso activar el entusiasmo de los viejos tiempos, la rebeldía ante la injusticia que despierta el sentido de lucha por la dignidad y, retomar el empoderamiento. Los medios de producción no se mueven solos, necesitan la mano de obra que los ponga en marcha, y ahí reside el poder de la clase trabajadora. Es imprescindible ponerse a la altura de los nuevos tiempos y alcanzar la compatibilidad entre TECNOLOGÍA Y SINDICALISMO.

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