Anatael Bencomo

Manolo Cabrera

     Como despedida de mi fugaz paso por aquellos campos, la última tarde acudí a “La Soñadora”, la pulpería o taberna rural donde el peonaje recalaba tras el arreo del ganado y las faenas agrícolas. Antes de entrar observé que un jinete se aproximaba desde el llano. Tras descabalgar de un inquieto y sudoroso alazán, el corpulento gaucho se aproximó a la entrada. Le seguí a unos metros de distancia: tras sus pasos iba derramando, como un lloroso rosario, el metálico sonido de las espuelas. La rudeza física del hombre contrastaba con sus ademanes, medidos y controlados. 

     Después de saludar a los escasos parroquianos, el recién llegado comenzó a apurar un vino apoyado en el mostrador del boliche. Como un apartado ermitaño quedó allí largo rato, sumido en algún nebuloso pensamiento. Una intuición ocupó mi mente; un destello fugaz; la brumosa sensación de un pasado compartido me unía con aquel desconocido. Desde mi mesa le observé: cabizbajo y absorto en alguna misteriosa idea, parecía acostumbrado a convivir junto a la huella de antiguas reflexiones. Por un momento cruzamos las miradas: el encendido carbón de sus ojos se iluminaba bajo el sombrero alón; un flequillo oscuro y rizado le caía sobre la frente. Como deslumbrado por la luz de un viejo sueño, mantenía la vista fija sobre el vino desbordado. Me aproximé a la barra: sus dedos, como garfios aferrados al vaso, parecían haber sido labrados desde un madero de caoba; sus manos callosas semejaban enérgicas raíces brotando de la tierra. La fina señal de lo que parecía un antiguo navajazo le cruzaba la mejilla; se le adivinaba el corte cicatrizado bajo la incipiente barba rasposa. Traté de imitar el saludo paisano: “¿cómo le va amigo?; ¿viene de muy lejos?”. Girando lentamente la cabeza me miró como a través de un siglo; una leve sonrisa de acogida se dibujó en sus labios: “soy pajuerano, de los pagos de Jacinto Aráuz; ando jinetiando en la doma de un bagual malevo, y, como no soy ñandú, he parau pa refrescar el garguero”. Hablaba con el dialecto campero de los llanos, el diestro vocablo de los braceros de la Pampa; una lengua nacida entre la vigorosa exigencia de la tierra gaucha y la eterna quietud de la tertulia campesina

     Le invité a mi mesa. Durante horas compartimos sueños y vivencias acompañados por el sortilegio de un oloroso tinto de Mendoza. Parco y templado, hablaba lo justo y sabía escuchar. A través del pucho de un oloroso tabaco Virginia, con voz grave y adornando las frases con la caricia del acento pampero, se interesó por mi visita en aquellos pagos. Le dije   que descendía de un pueblo emigrante; que venía de unas islas donde se habían cultivado laderas para combatir hambrunas; que era un hijo del dolor y la distancia, además de seguidor del vino, la copla y la guitarra. 

     Varias horas transcurrieron al compás del candil y la botella; no había jerarquías en el trato; la palabra medida, el silencio preciso, el apacible sonido del viento pampero bastó para hermanarnos. Le mostré unos versos arrugados; los que, en su empeño por perseguir sueños e ideales, el abuelo, antaño, proclamase en encuentros clandestinos. Con un vital brillo en la mirada, leyó con devoción:

 

“No es el marqués quien trabaja,

no es el rey ni el hacendado;

no es el rico delicado,

no es el vil oportunista”

 

De sus ojos entornados brotó el resplandor de una espada; de su mirada surgió un brillo indagador; el interés por descifrar un antiguo misterio. Su cuerpo se irguió como preparándose ante una sacudida emocional. Devorando el párrafo con ansia, continuó leyendo:

 

“no es el villano egoísta,

ni el banquero acaudalado;

sólo el obrero inspirado

en un enérgico ardor…”,

 

     Por momentos, su voz se entrecortaba; se fracturaba el verso entre sus palabras temblorosas…:  

 

"pone a prueba su valor

en el pozo más profundo,

su trabajo impulsa al mundo,

que mueve con su sudor”.

     Turbado ante el sonido de la copla, tragó un nudo de congoja, desplazó la vista hacia el ventanal y, durante un minuto eterno, descansó la mirada sobre la interminable llanura. De regreso al sitio, pidió permiso al mesero para usar la vieja guitarra que colgaba de la pared. El afinado sonido de las cuerdas acalló el murmullo de la concurrida parroquia. Un expectante silencio se fue fabricando a la par de los acordes. Luminosas notas de milonga comenzaron a surgir de las manos del gaucho; sus dedos callosos, modelados entre el surco y el continuo arreo del ganado, conquistaban el traste con amorosa y tierna caricia. La melodía parecía emerger desde la misma raíz del mundo; era un rumor armonioso que brotaba de sus manos como un murmullo, como el lamento del viento enfrentándose a la cortante cordillera, como un silbido nocturno danzando en la impenetrable densidad del bosque. Al estilo de la milonga pampeana, terminó recitando la copla de memoria:

 

Indiferente al dolor

y al hambre de otras cocinas,

el rico el mal origina,

pues alimenta el rencor,

y el humilde productor

que intenta erguirse de abajo,

queda siempre expuesto el tajo

del machete que le arruina,

sometido a la mezquina

humillación del trabajo”.

     

     Por momentos, su voz poderosa se elevaba en la noche; toda la concurrencia permanecía expectante:

 

“Cuando el obrero descubra

que su esclavitud es la muerte,

que su conciencia es la fuente

para regar el mañana,

se asomará a la ventana

de un futuro luminoso,

para contemplar, dichoso,

la humanidad liberada”.

 

     Interrumpió el canto; la luz del fogón centelleaba en el charco desbordado de sus ojos: “Jué pucha, mi viejo recitaba esos versos”, dijo con voz quebrada. Quedé perplejo: sólo yo conocía aquellas letras. 

     Un intenso abrazo surgió para fundirnos. Había encontrado el rastro del abuelo, su descendencia argentina, el legado que, antes de abandonar esta vida, le había donado al mundo. Fiel a la raíz de ese origen, nada en Anatael Bencomo era artificio: la luz de la transparente verdad humana relucía en el fondo azabache de sus ojos. 

     Cuando salimos al descampado, la tenue luz de la luna se reflejaba en la irisada superficie de las lagunas. Los grillos se entregaban al embrujo de la noche. Un caballo relinchó desde un palenque. El universo entero vibraba sobre La Pampa. 

     No me importó perder el pasaje de regreso. En los siguientes días, junto a mi nuevo guía, seguí las huellas del abuelo por el entorno de Jacinto Aráuz, el apartado pueblo que eligiera como refugio. Cabalgamos entre los campos, estancias, acequias y galpones; los fecundos escenarios que recorriera en vida. Al tranco manso, durante varias jornadas, descubrí su presencia entre los sauces, entre el verde fulgor de los caminos, entre los tonos violetas de la tarde. Su figura parecía vislumbrarse entre el polvo que fabricaba el ganado. Atrapados por el abrazo de la llanura, Anatael y yo apenas hablábamos: nos bastaba el gesto y la mirada. 

     Aquellas indelebles vivencias, hicieron que la vigorosa figura del abuelo Jeremías se agrandase en mi interior. Fue su copla clandestina la que me orientó para encontrar sus raíces. Había retornado a la vida a través de sus propios versos.

     Al despedirme de Anatael nos conjuramos para el reencuentro. Ahora, desde la distancia, sigo escuchando su voz; su poderosa voz, repleta de silencios. 

Tras el abrazo del adiós, montó en su magnífico alazán, fijó la vista en la distancia, y, en su acostumbrado tono grave y sereno, sentenció: “dejuro nos volveremos a ver; ahura andamos entreveraos con los ideales de mi viejo”, y se alejó cabalgando hacia el crepúsculo. Un rojo atardecer flameaba en el horizonte. Al tranco ligero, su erguida figura se fue perdiendo en la distancia. Yo quedé allí, respirando soledad, hasta que la noche total envolvió los llanos. Me sorprendí al no sentir tristeza: aquel gaucho me había contagiado de silencios.

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