El delegado y sus jefes
Juan Bravo
Había una vez una empresa puntera, maravillosa, magnífica, estupenda. No hay adjetivos para definirla. Dicen algunos que es la principal empresa de distribución del país. Incluso tiene sucursales en el extranjero. Tan buena, tan buena, que es un referente. Tiene diversificada la actividad, pero la distribución es la más conocida.
Esta empresa se caracteriza porque una de las preguntas que hacía en la entrevista previa, era si estabas afiliado a algún sindicato. A las mujeres, si estaban casadas y si pensaban tener hijos.
Monteverdi no trabajaba en un gran edificio al uso en el que la gente se movía libremente tocando, comprando, departiendo, comparando. No. Monteverdi trabajaba en un sitio más reducido: una oficina ni grande ni pequeño: mediana. Un mostrador, tres mesas, el despacho del jefe, la sala del télex (sí, había télex y todavía no se habían generalizado los ordenadores), un cuarto de baño o dos, Monteverdi no lo recuerda y un pequeño trastero para el archivo.
Aparte de esta cuestión estructural, la humana estaba compuesta por cinco trabajadores y el jefe, no incluido entre el personal trabajador; él era el lameculos de la empresa, el chivato, el que hacía que trabajaba sin conseguirlo. La otra cuestión no física estaba constituida por la mentalidad teutona de la empresa: todas las oficinas no incluidas en un gran edificio, obligatoriamente, deberían de tener la misma estética. Y esa es la cuestión: moqueta en el suelo, moqueta en las paredes, moqueta en el techo.
Ocho horas seguidas en un ambiente de este tipo no puede traer nada bueno. Y más si el aire acondicionado se estropeaba en los peores momentos de la canícula y la oficina mediana rebosaba de clientes. Más de un trabajador, incluido Monteverdi, contrajo desconocidas y raras dolencias.
Siendo Monteverdi el delegado de personal, ya que el supuesto jefe no ejercía como tal, era el encargado de dar la lata a los jefes superiores para que, en un lugar ya de por sí caluroso, se dignaran a cambiar las condiciones laborales no solo de los trabajadores, sino también de los propios clientes, en una época, además, que aún se permitía fumar en los centros de trabajo.
Delegado de personal, Monteverdi dedicaba el poco tiempo libre entre cliente y cliente, en llamar a los responsables para denunciar dichas condiciones. Venían los jefes y amenazaban con todo lo que podían: “te vamos a echar, Monteverdi; ya sé, Monteverdi, que no podemos echarte siendo delegado, Monteverdi, pero si sigues por ese camino, despediremos a Adriano, Monteverdi; tú serás el responsable”.
Monteverdi finalizó su mandato de delegado de personal, pasó el año de garantía y ni un día más, y Monteverdi fue despedido. Eso sí, inmediatamente después, la empresa cambió todas las moquetas de la oficina mediana.
