Indiferencia

Comprendo que resulta difícil vivir y desarrollarse en medio del caos. Una minoría de mangantes sin escrúpulos han convertido el planeta en un estercolero de mierda a granel. Quiero pensar que la mayoría de la población no es así, pero los desertores de la dignidad, esa minoría tribal de especímenes sin alma, se han apropiado de los mecanismos clave de control mental y hoy deambulan por el globo terráqueo millones de zombis sin conciencia. Un ejército de sociólogos, psicólogos, psiquiatras y demás lugartenientes de la indignidad, al servicio de la maldad humana más abyecta, colaboran para que no se produzca un levantamiento generalizado en contra de esa minoritaria pandilla de malnacidos. "Todo está bajo control", vociferan satisfechos los miserables.

Pero vayamos al meollo del asunto: la responsabilidad de los que vivimos ajenos a esa morralla; los que nos consideramos puros y ajenos a esa representación del mal oficializado. ¿No estaremos cayendo en actitudes similares?

Durante mi juventud me enrolé en uno de aquellos grupos superrevolucionarios nacidos al calor de las primeras algaradas antifranquistas. Muerto el dictador se abrían las grandes alamedas, que diría Salvador Allende. Nos reuníamos en una destartalada casa del barrio del Toscal. Era un seminario semiclandestino dirigido por un supermilitante de izquierdas muy vigilado por la Secreta, el siniestro cuerpo policial del régimen. Analizábamos un texto de George Politzer, un sociólogo rumano marxista que había sido torturado y fusilado por los nazis. Durante una de esas sesiones pregunté (ingenuo de mi) qué interpretación hacía el marxismo sobre el amor. La respuesta de quien dirigía el seminario, lúcida e inmediatamente asumida por los presentes, fue reveladora: el amor es un recurso del sistema capitalista para debilitar la conciencia revolucionaria. 

Tras superar aquella fase impúber, mi vida, afortunadamente, se fue encaminando por otros derroteros, pero aquella frase aún me martillea el cerebro. A veces un excesivo purismo nos traiciona y deambulamos por la vida convencidos de que nos encontramos al margen del infierno capitalista, no siendo conscientes de que formamos parte del mismo potaje.

Existe una conocida letra del cantaor flamenco El Cabrero que dice así: Muchos hombres en la vida/se las dan de inteligentes/y son la fruta podrida/de esa que escupe la gente/a la primera mordida. Pero hay más ejemplos; implacables retratos musicales y poéticos que dejan a nuestra memorable especie a la altura del betún. Nadie está a salvo del contagio.

Siempre desconfié de los discursos repletos de brillantes análisis y sesudos estudios sociológicos. La teoría no vale para nada si está vacía de contenido humano. Nos equivocamos si pensamos que no estamos contaminados del mismo mal que decimos combatir. Podremos organizar grandes eventos (Congresos, Asambleas, y maravillosas sesiones de formación jurídico-sindical) pero eso se queda en la más absoluta intrascendencia cuando no somos capaces de pensar en las personas que tenemos cerca; y ello es clave, porque el futuro de cualquier organización que pretenda transformar el actual estado de cosas depende de que esa energía humana vibre entre sus componentes. En esta misma sección literaria, creada con mucha pasión, hay mucho material, muchos textos escritos con la ilusión de que alguien los lea ¿Alguna de las personas más cercanas en Intersindical los ha leído? ¿Alguien ha hecho algún comentario sobre el acierto o la equivocación de los argumentos que contienen? Y no me refiero solo a afiliados o delegados, habitualmente centrados en la solución de su problemática individual en sus respectivas empresas, hablo de personas cercanas; esas con las que no encontramos en el día a día en el sindicato. Es imprescindible fortalecer nuestro estado de ánimo, y eso solo es posible ejerciendo la compasión, término en desuso que se aclara por sí mismo. En definitiva: dejar que lo emocional, lo esencialmente humano, aflore a la superficie para defendernos grupalmente de la decadencia que impulsa el sistema. El grupo En Marcha, ahora temporalmente aparcado, también pretendía eso.                                 

Este sistema podrido y decadente que impera en el mundo solo caerá cuando aflore en nuestros actos cotidianos la sociedad alternativa que pretendemos construir. Comenzará a surgir desde el humilde reconocimiento de nuestras debilidades humanas, preocupándonos y hermanándonos con la persona que construye a nuestro lado; compartiendo ideales no solo en la teoría. En definitiva, ver más allá del árbol que nos impide ver el bosque.

Entrego un artículo más para esta sección. Está escrito con el mayor interés, aunque no albergo muchas esperanzas de que sea leído. 

No importa: al menos me ha servido de desahogo.

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