Cherchez la femme 2/2

- No le puedo hacer esto a Bernardette.

Era como un dibujo continuo que se pegaba a las paredes. Una especie de claustrofobia redundante, un machaqueo en las sienes, unos pensamientos hirientes. Esto una y otra vez. Antón se hacía siempre la misma pregunta: ¿esta oficina me mata, me gusta, me desequilibra? Hoy, como ayer, Antón no renunciaba a recordar sus más profundas miserias.

- Esta oficina me está matando.

Un silencio majestuoso se erguía detrás de las insonorizadas ventanas de aluminio de donde, se suponía, debían erguirse los más terribles murmullos. Semáforos, escapes, insultos, peleas. Antón decidió olvidarse para siempre, hasta mañana, de los sinsabores profesionales que le permitían comer razonablemente bien todos los días, y salir a la fresca noche coruñesa. Los Cantones estarían desiertos, fríos, con ese viento que se colaba hasta el tuétano. Encendió un Gitanes que se llenó, enseguida, de gotitas que provocaron que se apagara.

- Los Gitanes son muy difíciles de conseguir en Coruña y se me apagan a la primera. Tengo que dejarlo. ¡Ya!

El guardia lo miró bajo la gorra empapada, Antón sonrió, ya ves, los problemas… Los bares de la calle La Estrella y la calle Los Olmos hacía tiempo que habían perdido su antiguo trasiego de vinos, tazas y pulpo, así que decidió darse un garbeo hasta María Pita, aunque aquello, con esos inventos del alcalde, también dejó de ser lo que era. Iría al Yéboles, a tomarse un cacho de empanada. Siempre le gustaron esas vigas del techo.

A pesar de todo, Antón se aferró con vehemencia al Cantón Pequeño, resistiendo el viento que le atacaba de frente, como un bofetón. La fina lluvia incrementaba sus penurias voluntarias. Pero no le importaba nada. Bastante tenía con aguantar lo que aguantaba y a quien aguantaba. Su probada profesionalidad de muchos años, era puesta a prueba a diario por un tirano cuyo único objetivo era machacar lo que fuera con tal de llegar primero a la meta. Todos los días. Todas las horas. Irresistible. Sonrió al hacerse el chiste fácil al comparar su situación con las colonias navideñas. Irresistible.

Pasó por delante de la Librería Arenas y se dijo que tenía que pasar en horas decentes a buscar algo que leer. Estas no son horas. Cruzó Santa Catalina saltándose ese semáforo que no cambia nunca y pasó por delante de la Fundación Barrié de la Maza (estas no son horas para ver cuadros) y se metió de lleno en la Calle Real. Aquí el viento dejó de molestarle, pero las gotas de lluvia siguieron metiéndose por el cuello de la americana. Se paró delante de Malde, proveedores de la casa real desde no sé cuando, como siempre. Estas joyas le metían un frío especial en el cuerpo, más frío del que sentía aquella noche. Pensó en comprar un paraguas más a uno de los negros que se mojaba en la trasera de la subdelegación del gobierno. Otro paraguas más.

- Si cada día que llueve, me compro un paraguas, me pondré en la calle San Andrés a venderlos, después de pintarme la cara de negro.

Este frío solo lo quita el chocolate caliente, así que entró en Bonilla a la vista, casi vacío, pidió un chocolate con churros que le sentó como una patada en el estómago; no le importó. A estas alturas de Coruña y de siglo, ya nada le importaba. Se sumergió de nuevo en los charcos de neón de la calle Real, se paró en el escaparate de Foto Blanco, un día de estos tengo que comprarme una cámara digital de esas modernas, pasó por delante del cine París, siempre será el cine París, a pesar de esas luces y esa música chispún chispún para vender trapos, se mojó las ideas, los sentimientos, los odios. Al llegar a Riego de Agua, dentro de los soportales del Rosalía, se tropezó con los primeros borrachos de la noche. Como todas las noches, los mismos borrachos. Saludó, como siempre, ya casi somos amigos. Mira que cerrar el Delfos, pensó, se metió en la plaza, a la izquierda el ayuntamiento, siempre me ha llamado la atención este ayuntamiento, y entró en la Cafetería María Pita. Pidió callos con garbanzos, para terminar de matarme completamente. Lo regó con un ribeiro fresco y miró la tele. El reportaje de la Gallega confirma que el Dépor no levanta cabeza esta temporada, es increíble con el equipazo que tiene. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y el contacto con la caja de Gitanes le aferró, de pronto, a un pensamiento. Como Bernardette, Antón se había aferrado a un recuerdo, a un remordimiento, a un olvido, a un abandono, a una obsesión. Otra vez Bernardette. Siempre Bernardette.

- No puedo hacerle esto a Bernardette. De hoy no pasa. Por muy cansado que esté cuando llegue a casa, me pongo a ello.

Salió de María Pita, se empapó el pelo, puñeta de paraguas, salió a la Marina, llamó un taxi, milagro, pagó, abrió la puerta de su casa, a pesar del dolor de estómago, encendió el ordenador, se puso las pantuflas, se sentó y leyó:

“- Esta oficina me está matando.

Sus pasos resonaban sin piedad. El asfalto, el duro asfalto, asumía resignado aquella tortura. Unos zapatos de aguja que chapoteaban en los charcos sobre los que se reflejaban los neones verdes, azules, rosas…”

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