Fatiga de la compasión
"Fatiga de la compasión": Gaza, Ceuta, Maricarmen y la parálisis
En su libro Compassion Fatigue: How the Media Sell Disease, Famine, War and Death —podríamos traducirlo como Fatiga de la compasión: cómo los medios venden la enfermedad, el hambre, la guerra y la muerte—, la periodista internacional e investigadora Susan D. Moeller plantea la forma en la que la cobertura periodística del sufrimiento puede desgastar la capacidad de la población para interesarse y responder.
Pasamos sin respiro, y sin darnos exacta cuenta, del genocidio de Gaza a la crisis humanitaria de Ceuta, y de las miles de personas hacinadas en Ceuta al desahucio y muerte de la anciana Maricarmen Abascal.
Esa es la actual manera periodística de narrar el presente: ofrecer una sucesión de crisis distintas presentadas mediante fórmulas muy semejantes, utilizando lenguaje tremendista y una búsqueda reiterada de impacto. Voy a insistir: crisis distintas y fórmulas informativas casi idénticas. Este tipo de cobertura que busca conmovernos termina dificultando seriamente nuestra comprensión del mundo, y nuestra atención compleja, porque acumula imágenes de dolor sin proporcionar suficiente contexto para entender cada situación. La cuestión es conmover y hurgar en lo emocional. Y las ofrece sucesivamente, una detrás de otra, de manera que la actual borra la anterior casi completamente.
El libro de Moeller describe cómo los medios pasan de una tragedia a otra en un recorrido acelerado por la enfermedad, el hambre, la guerra y la muerte. En España, esto ha quedado brutalmente patente en los últimos meses. Cada crisis o conflicto pierde protagonismo cuando el siguiente reclama el foco, aunque el primero permanezca en la práctica sin cambios. En Gaza continúa el genocidio pese a que nadie nos lo esté mostrando. En Ceuta, miles de personas siguen hacinados y sin solución para las violencias que sufren. Maricarmen pasará, y todavía no sabemos qué acontecimiento, crisis o conflicto va a reemplazar el suyo.
Gaza, Ceuta y el desahucio de Maricarmen —con las consiguientes acampadas y huelga general— no son acontecimientos equivalentes para sucederse en nuestra atención.
Es el flujo informativo, y su tratamiento mediático, el que los convierte en estaciones consecutivas. Por eso la sucesión de noticias nos acaba ocultando la simultaneidad de lo que ocurre, nos aturde, y modela nuestra atención. Preguntémonos cuál es la razón, a quién beneficia y cómo afecta a los movimientos políticos y sociales de la población, incluso a su gestión económica.
El libro de Moeller que he usado para ilustrar este artículo se publicó en 1999, así que ya pueden ahorrarse el análisis los alarmistas de las redes sociales. No son las redes, queridas lectoras y lectores, son los medios. Y nada en los medios es inocente. Si las tragedias se cuentan mediante recursos repetidos y reclamos emocionales, es normal que nuestra respuesta frente a ellas se desgaste, además de debilitarse la comprensión del mundo que esas noticias deberían facilitar.
Existe, además, una consecuencia que no podemos o queremos medir. La responsabilidad de los medios tiende a atribuir todo el fenómeno a una supuesta indiferencia de la población. Es más, dicha población siente que, de alguna manera, está desatendiendo un asunto que le había parecido anteriormente crucial. Porque el grupo de población que se moviliza, que responde y siente compasión por dichas causas, tiende a ser el mismo. Quizás Madrid y Barcelona ofrecen retratos más amplios, pero no es extraño, en el resto de localidades, ver las mismas caras manifestándose sucesivamente contra el genocidio de Gaza, contra el racismo en Ceuta o en apoyo a Maricarmen y las movilizaciones contra los desahucios.
Dicha población, habitualmente digamos que "progresista" o votante de izquierdas, acumula una carga, consciente o inconsciente, de culpa por estar desatendiendo aquellas crisis que hasta hace nada estaban en el centro de sus luchas cotidianas y sus conversaciones. La fatiga de la compasión que se produce entonces inmoviliza, o cuando menos desmoviliza. Moeller plantea que los medios tienen una responsabilidad especial con el público, y cuando abdican de esta responsabilidad y el público cae en un estado de fatiga por compasión, nos convertimos en una población en grave peligro para nosotras mismas.
Entonces, la irrupción de quienes no conocen la compasión, y probablemente manejan la inmensa mayoría de los medios de comunicación, parece cosa hecha.
Público
