Cherchez la femme 1/2

- Esta oficina me está matando.

Sus pasos resonaban sin piedad. El asfalto, el duro asfalto, asumía resignado aquella tortura. Unos zapatos de aguja que chapoteaban en los charcos sobre los que se reflejaban los neones verdes, azules, rosas. Una nube inoportuna vino a refrescar el paisaje hacía una hora, descargando poesía, faros, cláxones, blasfemias, atascos. Las tiendas empezaban a cerrar sus ofertas, despidiendo el día al borde del cierre de las cajas, ese tedioso e intrigante ejercicio que pone fin a la insoportable jornada laboral. Bernardette, dejó el trabajo antes de tiempo. Dio cualquier excusa, cogió el abrigo y salió a la calle. Coger un taxi, con esa lluvia y ese frío, se tornaba una tarea imposible. Así que decidió, a pesar de lo que dictaban la razón y la climatología, dar un paseo para deshacer agobios y malos pensamientos. Andar traería recuerdos, pero, al menos, podría respirar, aunque fueran semáforos, tubos de escape e intermitentes. El ambiente cargado de la oficina era absolutamente insoportable después de las seis. Después de las seis y de las cinco y de las tres. Incluso después de las once y media.

- Esta oficina me está matando.

Les Champs Eliseés reflejaban sin piedad toda la jungla que se erguía a su alrededor. Era demasiado peso para tanta responsabilidad: la fama se paga con excesos de todos los calados. Los ejecutivos, los vendedores ambulantes, los turistas, la contaminación… Es demasiado. Pero es el precio que nos cobran por pagar impuestos. La paradoja.

Bernardette torció el gesto al pasar delante de Planet Hollywood. Los recuerdos le jugaron una mala pasada.

- Nunca me acuerdo de cruzar al llegar aquí. No escarmiento.

Cruzó hacia Sephora, cuyos efluvios apreciaba más que los de culinarias inculturas salvajes y bárbaras. Compró un L’instant de Guerlain –no tengo remedio- y se alejó más, sin rumbo, lejos de aquella vorágine que la había estado oprimiendo durante todo el día. Los tacones resonaban sin remedio sobre las alcantarillas oscuras. Se subió el cuello del abrigo negro y cruzó la Rue de Washington, pasó delante del Latina Café y no pudo evitar detenerse ante los amplios escaparates de la Mercedes Benz. Probablemente brillaban más que los charcos, los intermitentes y las sirenas de la policía.

- Esta oficina y estos tacones me están matando. Mañana traigo las zapatillas deportivas, los tacones en una bolsa y me cambio al llegar a la oficina. Siempre lo digo y nunca lo hago.

Decir que en el ambiente sonaba Jacques Brel, Yves Montand y Gilbert Bécaud sería demasiado tópico, a aquellas horas y con lo que estaba cayendo. Pero a Bernardette les Eliseés le evocaban “Les jardins de Monte Carle”, “Nathalie” o “Cherchez la rose”. Era absurdo, lo sabía. Al fin y al cabo, ella siempre había vivido allí, no era una turista con añoranzas románticas trasnochadas y, además, a ella, Bécaud no le decía demasiado. Algo sí. Regular. En fin, ella se consideraba más moderna. Más heavy, incluso. Pero no podía remediar recordar la vieja guardia de la chançon française allí, justo allí. Siempre. Todas las noches, al salir del infierno.

- Me estoy aburguesando. Vaya tontería. Lo del mayo del 68, los Rolling Stones, a las barricadas y todo lo demás no dejaba de ser un dejarse ir con lo burgués y ahora me quejo. Estos zapatos…

Y Claude. Les Champs Eliseés siempre le traían a Claude. Todos los días, todas las noches a aquellas horas. Recapituló. Brel, los semáforos, los Rolling, el mayo parisino, Claude, las asquerosas hamburguesas, la revolución. Puro masoquismo.

- Tengo que dejar de fumar, le dijo a un perro, sacando un Gitanes de la pitillera que le regalara Claude en su primer aniversario. Siempre que recordaba a Claude, sacaba un Gitanes. Automático. Se fue a sentar en el banco de todos los días, estaba más mojado que todos los días y siguió el camino de todos los días. El Gitanes se mojó, se enfadó consigo misma y lo tiró.

Sonrió al pasar delante de Grandoptical, recordando aquel día en que entró para comprarse unas gafas de sol. Con Claude. Al final él salió con las gafas de Cardin y ella con el estuche vacío. Fueron algunos momentos hasta divertidos. Algunos momentos. Lo demás, un remordimiento, ese sentir las entrañas desgarrarse a cada instante, a cada respiración, sin descanso, espeso, sin poder soltar ni un grito de alivio, de tregua, sin pactos.

Y a pesar de todo, Bernardette no sintió ningún remordimiento. Los remordimientos son sentimientos olvidados, olvidables. Al fin y al cabo, París también es olvidable, a pesar de esas tonterías de “siempre nos quedará París” y gilipolleces por el estilo. Recordó sus primeros paseos por Saint-Germain-des-Prés. Y recordó a Montand. Y recordó “Il n'y a plus d'après”. Claude siempre odió a Montand. Cuanto más odiaba Claude a Montand, Bernardette más lo cantaba. Los odios generan contradicciones irracionales. O no.

Cruzó la calle, tiró el décimo Gitanes de la tarde mojado al suelo, lo pisó con rabia, siempre lo pisaba con rabia, y se paró delante del escaparate de Renault. Aquel fórmula uno amarillo y azul siempre le llamó la atención. Bajo, pegado al suelo, esas ruedas desproporcionadas. Y el ruido. Un fórmula uno hace ruido. Como ese ruido que Claude dejó de oír después del martirio. Pero las fidelidades son así. No pudo, nunca podía, quitarse esos pensamientos de la cabeza.

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