En el avión
Iba a llegar tarde. Se veía venir. Primero aquella reunión inútil, como todas las reuniones inútiles de los últimos meses, de los últimos años. Luego, aquel espera un momento, no te vayas que aún queda por tratar un tema importante y él se sentó a escuchar el tema importante. Luego aquel momento aparte en el que le recordaron que no se olvidara del informe fundamental para el futuro de la empresa o de la humanidad, no recordaba.
Y luego aquel taxi que no llegaba o que llegaba ocupado porque no se había puesto en el sitio correcto de la calle y siempre se colaba una pareja, una señora, puta señora, o un niñato para ir al barrio de Salamanca, rápido por dios, que empieza la reunión de la ejecutiva, o sea. Y cuando lo consigue, un atasco cerca del aeropuerto, que no llego, joder. Un coche quemándose debajo de un puente, policía intentando arreglar aquello, cláxones y una angustia, que se va el avión.
Y encima, la T4, más lejos todavía. Debería de hablar con la de personal para que pille un vuelo por la T2. O la T3. Parece que arranca el coche de delante y el de al lado se le cuela al taxista, que pone la cope como muestra de desagravio y ya, con esto, la hemos terminado de cagar.
Parece que la cola emprende la marcha, rápido o no lo suficiente y empieza a desesperar. Por fin llega a la T4, no facturó y directo al avión. Buf. Parecía imposible. Vuelo retrasado y él corriendo. ¡¡Joder!! País...
Un sándwich, un refresco, un paseo por los marcadores a ver si se retrasa aún más y decide acercarse a la puerta de salida. Mucha gente, ya haciendo cola para entrar los primeros o los últimos. Casi codazos, pero no llega la sangre a la cabina, consigue sentarse en ventanilla, el asiento del pasillo está ocupado y libre el del centro. Por fin una alegría: al menos irá cómodo y podrá poner los dos brazos en los dos apoyabrazos.
Siguen entrando pasajeros, las azafatas intentando agilizar el embarque, mucho equipaje de mano y demasiada excursión de la tercera edad que no encuentra su asiento y que no para de contar sus hazañas a todo el que los quiera escuchar, personal de tierra, mar y aire incluido.
Cuando ya parecía que llegaba el final, cuando el azafato correspondiente contó al que parecía iba a ser el último pasajero, cuando la azafata procedía a cerrar los compartimentos superiores, apareció Matilde. O Elvira. O como quiera que se llamara y se dirigió al asiento del medio, seguramente el único asiento del medio que quedaba libre en todo el avión.
Él se enamoró al instante. En realidad no quería, pero lo hizo. Un discreto buenas tardes sirvió para que cada uno acomodara sus brazos en sus respectivos apoyos, sus piernas en sus respectivos limitados espacios y sus ojos en sus respectivos asientos delanteros.
Una nariz respingona, una boca ni grande ni pequeña y unos ojos color miel. De momento. Porque sus manos no pararon de colocar bolsas de plástico en el suelo, el bolso, el móvil, el tintineo de las pulseras... Todo en un instante. Y entonces sonó el interfono que anunció, con la típica voz de avión que por razones técnicas, la salida se retrasaría unos minutos.
Elena sacó su móvil del bolso, seleccionó un contacto y, con toda la naturalidad lo colocó en su oreja derecha, ni grande ni pequeña.
-Hola Puri, soy Marimar- Vaya por dios, no se llama Elena. - Aún estoy en el aeropuerto. Sí, cielo, retraso. Otra vez. Es que tengo una suerte...- Y el resto de pasajeros también tienen una suerte...- Lo del informe de ayer, que se me olvidaba, lo dejé en la carpeta de informes... Sí, mujer en la de informes. -¿Dóndes sino?- Sí, mujer, el que nos pidió Puchi, el miércoles, cuando nos íbamos... -En esa empresa también piden informes a la hora de la salida.- Vale, pues eso, se lo das lo antes posible. Bueno, revísalo primero, no vaya a ser... -Que haya un error, y si lo hay, te echo la culpa a ti...- Sí, anda, hazme ese favor, porfa... Sí, te invito a un gintonic. Sí, mujer. Bueno, te dejo, hasta el lunes, que parece que el avión va a salir...
No. No iba a salir el avión, pero no importó, porque Marimar lo miró con una especie de complicidad, una media sonrisa, un leve encogimiento de hombros al que sólo le faltó un guiño de ojo color miel. A él no le quedó más remedio que esbozar otra media sonrisa, para completar, entre los dos, la sonrisa entera. Son cosas que pasan en los aviones.
-Es que siempre se me olvida lo más importante, osea-.
-A mí me pasa lo mismo-. Nueva sonrisa y el enamoramiento sube un par de puntos.
Ella le devolvió la media sonrisa y fijó sus ojos color miel en el asiento de delante, cogió la revista de cortesía en la que la compañía aérea muestra sus logros infinitos, la hojeó de mala gana, se detuvo en un par de anuncios de perfumes, bolsos y zapatos, continuó el hojeo, hasta que volvió de detenerse en un reportaje de una fiesta de la Virgen de algún sitio indeterminado de Sudamérica. No duró mucho el detenimiento, dejó la revista donde estaba, sonó el interfono anunciando que ya había llegado el permiso para el despegue, justo en el momento en que iniciaba la marcha atrás, Marimar se asomó a la ventanilla para echar una mirada al infinito del aeropuerto, por delante de la cara de él, lo que provocó un ligero roce de los codos. Ese momento mágico provocó que él se enamorara un poco más, suponiendo que tanto amor cupiera en un espacio tan reducido.
Él miró, a su vez, por la ventanilla y vio como otros aviones se dirigían a la pista de despegue y se preguntó si otros pasajeros tendrían la suerte de tener sentado al lado un bellezón como el que él gozaba en esos momentos. Lo dudaba. Pero no era un pensamiento descabellado, puesto que la gente no suele hablar mucho en los aviones, con la excepción de las dos señoras, miembros de la excursión de la tercera edad, que tenía sentadas al otro lado del pasillo y no paraban de comentar los entresijos del viaje que para ellas acababa de finalizar.
Marimar se agachó hacia adelante y, entre el montón de revistas que había dentro de una de las bolsas de plástico, eligió una de moda y nuevas tendencias. De moda, claro. Este detalle hizo que la aguja del enamoramiento disminuyera ligeramente. Nada por lo que preocuparse. Sus codos volvieron a rozarse, también ligeramente, él retiró el suyo del apoyabrazos de la izquierda y se concentró en el rápido movimiento de la pista a su derecha.
La nave se elevó dejando atrás las reuniones inútiles y, aparentemente, las de Marimar y los encargos de última hora. Él decidió concentrarse, con el rabillo del ojo, en qué estaba ocupada Marimar y vio que se entretenía en un artículo titulado algo parecido a "Como satisfacer a tu chico". Y que llevaba por subtítulo, "Él lo es todo para ti".
Él se desconcertó. Él que aún tenía cierta fe en el feminismo, en la capacidad de las mujeres para emanciparse. Él... Marimar, por dios, no me hagas esto, pensó. Y el nivel de enamoramiento disminuyó un par de grados más. No supo si eso era mucho o poco, pero una punzada en el pecho le confirmó que poco no podía ser. Él, que tenía cierta experiencia con las punzadas y el pecho. El propio. Marimar terminó el artículo, su boca ni grande ni pequeña, esbozó una sonrisa que a él le pareció de asentimiento, pasó las hojas llenas de modelos que, él reconoció que no estaban mal, algo flacas quizá, y ella se paró en otro artículo, éste sobre la necesidad de confiar en los horóscopos y su profundidad científica. Otros dos grados menos y él decidió no mirar más.
A él le entró una ligera modorra por la que se dejó llevar, cerró los ojos y apoyó la cabeza entre el respaldo de su asiento y el fuselaje del avión. No llegó a dormirse de todo porque las dos ex turistas continuaban su recuerdo del viaje mezclado con una crítica poco constructiva de la guía a la que relacionaban, ora con el conductor del autobús, ora con el recepcionista del segundo hotel, no el tercero, en el que se quedaron. Aunque una de ellas opinaba que uno de los camareros que les sirvió el desayuno no paraba de fijarse en el escote.
Él no consiguió conciliar nada, ni a la guía del escote ni al camarero ni su sueño, así que optó por leer la revista de la compañía aérea, mientras espiaba en qué estaba ocupada Marimar. Pasaba hojas de lo que parecía una tabla con balances, entradas, salidas, excel... Sus dedos, largos, acababan en unas uñas perfectamente esmaltadas de un rosa inmaculado.
Entonces él se durmió definitivamente y soñó en reuniones inútiles en las que desfilaban modelos anoréxicas, llevando de la mano a chicos que escuchaban la cope a los que había que informar de balances, taxis llenos de turistas y camareros y con azafatas que te obligaban a apagar el móvil.
