Retrato familiar

Retrato familiar

   Se llamaba Zacarías Irisarri y había nacido en una granja al pie de Roncesvalles, donde el descanso era un lujo. Su hogar era oscuro y sin vida. Huyó poco después de haber cumplido veinte años. De su padre se llevó recuerdos de gritos, humillaciones y palizas; de su madre, caricias furtivas y unas amargas lágrimas de silencio.

   La granja familiar estaba enclavada en un pequeño pueblo del pirineo navarro, donde los inviernos eran duros y las tardes oscuras y tristes. Sólo durante el verano un cielo gris azulado derramaba sobre el valle un breve periodo de luz. Las casas, de tejados antiguos y agotados, eran una prolongación de la soledad y el silencio de las calles. El monte, tenebroso y oscuro, permanecía envuelto en una fría y densa niebla, tras la que se ocultaban enigmáticos e impenetrables misterios. Apenas había jóvenes en el pueblo; la mayoría eran adultos de gesto adusto y costumbres monótonas y sombrías. El trabajo era instintivo y rutinario; el sol, además de esquivo, era escaso.

   El caserío de los Irisarri fue productivo mientras se mantuvo como explotación familiar. Tras el gradual abandono de tres de los hermanos, Santiago se dispuso a afrontar en solitario las múltiples tareas de la granja, pero no fue capaz. Una vez que su hijo Zacarías terminó la enseñanza primaria lo obligó a dejar la escuela bajo el argumento de que lo necesitaba para las faenas agrícolas. Pero el trabajo era muy intenso y él mismo terminó cayendo en la desmotivación y el abandono. Primero sucumbieron las huertas y las cosas, después, las personas. Los cultivos acabaron invadidos por zarzas y malas hierbas y la tierra se volvió estéril; árida y seca; lánguida y triste como la desesperanza que también terminaría penetrando en la vivienda. Sus habitantes deambulaban mortecinos y sombríos; apáticos; desconsolados y contagiados por el abandono.

   Santiago Irisarri comenzaría a frecuentar la taberna, dejándole toda la responsabilidad de la explotación agrícola a su mujer y a su hijo adolescente. Su carácter, habitualmente pacífico y reservado, se trastocaba alterado y provocador en la bodega, de donde regresaba violento y agresivo.  Como un alma en pena, sin brillo ni relieve, Santiago deambulaba entre las sombras de la noche secuestrado por el lánguido ambiente de la taberna; atrapado en su propia miseria; en un ámbito opresivo, sórdido y mezquino. Alrededor de las mesas de juego, entre densas nubes de tabaco, se juntaba con personajes similares en un intercambio de pobreza mental, descargando ramalazos de rencor y resentimiento, en una triste exhibición de frustración y amargura. Se acostumbró al escenario desafiante de la taberna; al desplante violento de las partidas de naipes entre vasos de aguardiente; al tintineo insistente de vasos y botellas reclamando el contenido de las barricas.

   Desaparecida la armonía familiar, un ámbito de tristeza se fue instalando progresivamente en el interior de la casa. Afligida por la caída en desgracia de su marido y tratando de aligerar la oprimente ansiedad que la superaba, Inés, en ocasiones, transitaba por las calles empedradas del pueblo.  Cierto día, al pasar frente a la biblioteca municipal, se decidió a entrar. Fue el primer paso de su posterior amor a la lectura; el poderoso asidero que la ayudaría a sobrellevar su penosa existencia. 

   Inés conservaba aún la elegancia de un cuerpo estilizado y la belleza de unos oscuros ojos soñadores. A pesar de su penosa existencia, su agraciado rostro se resistía a envejecer. De hablar pausado y tranquilo, durante aquella etapa de voraz abandono, aprendió a reconocer el valor que se encierra en el silencio, descubriendo, para su consuelo, que es posible sobrevivir sin tener que recurrir a la palabra. Sólo el silencio y un libro bastaban en el apartado rincón de la biblioteca. 

   Para transmitirse mutuo apoyo y defenderse de la agresión, madre e hijo fueron creando fuertes lazos de complicidad. Mientras su padre se emborrachaba en la taberna, la habitación de Zacarías se convertiría en refugio y espacio de confidencias. Inés orientaba a su hijo, poniendo a su padre como nefasto ejemplo de vida.

   Santiago regresaba siempre tarde. Desorientado por el alcohol se agotaba entre agresivos gritos y ciegos manotazos, tropezando con todo lo que aparecía en su camino. A la mañana siguiente, pasados los efectos del aguardiente, recuperaba su carácter sereno hasta que se volvía a repetir el ciclo.  Una mañana, Inés acudió a las cuadras:

   –No puedo permitir que sigas destruyendo a tu familia. No somos responsables de tus problemas. Si quieres despeñarte por el barranco, hazlo solo; no nos arrastres a nosotros –reclamó. 

   Santiago se limitó a mirarla de soslayo. Sin pronunciar palabra siguió, machete en mano, picando la mezcla de ramajes que desperdigaba sobre el piso fangoso de la cuadra.  Ella continuó: 

   –Vivo decepcionada y sin ilusión. No haces nada por mejorar ¿Qué te atormenta?; ¿crees que esto es vida? Tu hijo y yo sobrevivimos porque nos apoyamos mutuamente, pero todo tiene un límite. Nos estás perdiendo y no quieres verlo. Yo sobrevivo anímicamente gracias a los libros, que son mi principal apoyo. Me refugio en la biblioteca del pueblo porque has convertido tu propia casa en un agujero oscuro y triste. Gracias a los libros encontré otros mundos. Ellos nunca me fallan. Mis libros siempre están ahí, esperando mi llegada; son mi tabla de salvación. En Zacarías y los libros deposito mi única esperanza; sin ellos enfermaría. Deberías hacer lo mismo, pero caminas en la dirección contraria; hacia un terreno destructivamente mezquino. La botella te conduce hacia la oscuridad. Sólo quieres a tus compañeros de copas; sólo aprecias a los que te acompañan en la taberna. La vida no te ha abandonado; eres tú quien ha abandonado a la vida. Has renunciado a ser persona, desechas todo lo que podría ayudarte y abrazas sólo aquello que te hunde en la miseria.

   Santiago no respondió. Concentrado en su labor, y con aparente indiferencia, continuó manejando el machete. Solo se escuchaba el rítmico sonido del corte metálico cayendo sobre el pesebre. Inés esperó unos segundos hasta que, afligida, decidió marcharse. Él interrumpió su tarea para contemplar cómo se alejaba. Cuando ella desapareció tras el portón de la cuadra Santiago dudó unos instantes y decidió ir tras sus pasos, pero se quedó a mitad de camino. Antes de penetrar de nuevo en las cuadras extendió la vista sobre la inmensa llanura solitaria, que se desplegaba a un costado del pueblo, y allí quedó, largo rato pensativo; incapaz de ponerle palabras a la belleza del paisaje. 

 

(Fragmento de la novela La Guarida del Lobo, de Manolo Cabrera Hernández)

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