El dentista

El dentista

   Ya solo abría la consulta por las mañanas; las tardes las dedicaba a visitar a su padre en la residencia. Un padre de edad indefinida: según el carnet no llegaba a los noventa, pero siempre había sabido que se había quitado años después de la guerra, cuando se destruyeron los archivos y tuvo que aportar nuevos datos. A veces pensaba en aquella generación, la de su padre: exiliado en los campos de concentración franceses al terminar la contienda, marginado y represaliado a la vuelta a su pueblo, emigrante a Alemania en los años sesenta y obligado a empezar de nuevo a su regreso.

   Ver a los ancianos en la residencia le hacía pensar en la diferencia con su propia generación. Él había estudiado y terminado la carrera en su ciudad, la misma en la que había abierto la clínica dental, que conservaba hasta ahora. No se había casado, aunque había tenido varias novias. La primera lo dejó por un compañero del instituto, hijo de un guardia civil. Con el tiempo supo que aquel compañero era el gerente del laboratorio que surtía de medicamentos a su consulta, y supo también que la pareja se había separado.

   No es que su vida hubiera estado del todo al margen de los conflictos de aquellos años. Es verdad que fue a manifestaciones. De hecho, uno de sus peores recuerdos era la tarde en que lo detuvieron por repartir octavillas republicanas. Pasó la noche en el cuartel. No lo torturaron —seguramente por lo asustado que parecía—, solo algunas patadas, pero sufrió las humillaciones del tipo: «qué pocos huevos, rojo de mierda; a los cagados de vuestros padres les ganamos la guerra; teníamos que haberlos matado entonces a todos, así no cargaríamos ahora con los maricones de sus hijos». También oyó los gritos que venían de otras celdas, y más tarde le llegarían las historias de torturas de otros compañeros. A partir de aquella noche ya no se atrevió a ir a más asambleas ni manifestaciones, y durante mucho tiempo ni siquiera contó lo que había vivido. Solo años después empezó a relatarlo, y entonces ya lo vistió de cierto heroísmo.

   En cualquier caso, su vida le parecía anodina al lado de la de su padre y la de los suyos, y por eso le gustaba que los ancianos de la residencia le contaran sus historias.

   Cuando le avisaron de que un señor mayor necesitaba un tratamiento bucal urgente, le dio prioridad. Había tenido una infección, ya superada, y ahora solo requería alguna reconstrucción y algo que le aliviara las molestias. Fue en la segunda sesión cuando se dio cuenta: el anciano era aquel guardia civil que le había propinado las patadas acompañadas de los insultos, el mismo que, según supo más tarde, era el padre del compañero con el que se había marchado su primera novia.

   En ese momento sintió un impulso, no de venganza personal, sino de justicia por su padre. Pensó en administrarle menos anestesia y, cuando empezara a remitir y a crecer el dolor, recordarle quién era él. Y así lo hizo. Comenzó el tratamiento, y cuando llegó el dolor… se arrepintió y le puso otra dosis de anestesia.

   Volvió tranquilo a su casa. Al día siguiente lo llamaron para agradecérselo: el anciano era un hombre muy simpático; lo único que había comentado al llegar era que las nuevas generaciones no tenían huevos.

   —Cosas de estos abuelos —dijo la cuidadora con acento sudamericano.

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