La mujer de negro

La mujer de negro

 Fue a comienzos de 1936. El 16 de febrero de aquel año se celebraban elecciones generales en España. Una mujer tenaz acostumbraba a recorrer a diario los empinados caminos del valle de La Orotava. Con la habilidad que proporcionaban los duros años de trabajo, Encarnación llevaba sobre su cabeza la acostumbrada y pesada carga de papas, legumbres y verduras. Era el día de las elecciones. “Hoy -pensaba ella- va a ser un día memorable". 

Encarnación la Papa -así era conocida en el pueblo- llevaba media vida esperando un golpe de fortuna que la resarciese frente al dolor; recuperar su dignidad perdida; aliviar las humillantes secuelas que le habían dejado la traición y el abandono; cicatrices palpables que los reveses de la miseria habían esculpido en su piel y germinado en su alma. Habían pasado 19 años desde que su marido la había abandonado, y las palabras que él había pronunciado al despedirse aun resonaban dolorosamente en su conciencia: "Yo me voy ahora pa´Cuba; no te preocupes que te escribiré, y cuando junte algunas perras te mandaré un giro."

Nunca llegaría el giro con las perras; nunca llegaría una carta; ni una sola noticia para consolar el llanto y la desesperación; ningún alivio pasajero para el dolor del alma, que es el dolor que más duele. No solo ella había sido abandonada: aquel hombre también había olvidado a los cinco hijos del matrimonio. 

¿Qué mecanismo psicológico actúa para cauterizar la conciencia? ¿Es posible vivir sin una mínima expresión de arrepentimiento? ¿Acaso hubo remordimiento? Nunca se mencionaría en la casa el nombre del marido desaparecido, más allá del relato frio de los hechos, como si ni siquiera mereciese el favor de que alguien custodiase su recuerdo. Existía un rumor traído por algún emigrante retornado: aquel hombre se había quedado ciego y había muerto ahogado al tratar de cruzar un rio en Cuba. Las cegueras del alma, como una contaminante enfermedad existencial, en ocasiones se trasladan al plano de lo físico. "Y habrás de ser un poco de la vida, y un milenio de sombras sin aurora", lapidaria frase con la que el cantautor argentino José Larralde señala el destino de los que carecen de conciencia solidaria y compasiva, el atributo que mejor nos define como seres humanos.

Como una tétrica condena, y para decepción de Encarnación, el resultado de las elecciones de febrero de 1936, ganadas por el Frente Popular (coalición de partidos compuesta por Izquierda Republicana, PSOE, PCE, POUM y Esquerra Republicana de Catalunya) fue el detonante del golpe de estado franquista y el estallido de la Guerra Civil. Ganaron "las izquierdas", pero aquella victoria supuso una alegría efímera: los caciques y aristócratas, con los militares fascistas a la cabeza, no estaban dispuestos a permitir la instauración de un sistema que recortase sus beneficios para favorecer que obreros y campesinos pudiesen vivir con un mínimo de dignidad. Sabemos lo que supuso el desenlace de aquel conflicto; la derrota de la Segunda República trajo consigo más hambre, más dolor, más espanto para el pueblo trabajador, y otro implacable golpe para aquella abnegada mujer, que tendría que seguir caminando hasta la extenuación vendiendo verduras por los caminos para alimentar a sus hijos.

Llevo en mi interior la imagen de mi abuela Encarnación. Murió cuando yo era adolescente. Superviviente frente a tantas batallas, con más de ochenta años de sufrimiento sobre sus espaldas, cogía la guagua en La Vera y aparecía en mi casa del barrio de la Salud. La recuerdo de riguroso luto; vestido negro hasta los tobillos; pañuelo negro sobre la cabeza, pero con una   fuerza vital que compensaba la oscuridad de aquella vestimenta. Una mirada luminosa brotaba de sus ojos, como señal de la necesidad existencial de permanecer firme y erguida frente a los golpes de la vida. Mi abuela se alimentaba con esa energía de supervivencia que la naturaleza desarrolla en aquellas personas que se ven obligadas a confrontar la adversidad. Quiero pensar que su luto no era por el marido muerto; no podía serlo; era por la dolorosa herida que aquella traición había provocado en su vida.

El próximo año habrá elecciones generales en España. Se presentan con otro nombre, pero son los mismos canallas golpistas de 1936; herederos del mismo odio asesino. Los mismos que, en el pasado, sojuzgaron a las clases oprimidas, condenando a la miseria al pueblo trabajador, la clase social a la que pertenecía mi abuela.

Lo triste, lo dramático, lo lamentablemente trágico, es van a ser votados por gran parte de las que, más temprano que tarde, se convertirán en sus víctimas. Hace falta otro Frente Popular para que vuelvan a ser derrotados.

Information icon

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.