Una farola en blanco y negro

Una farola en blanco y negro

Una farola en blanco y negro. Al fondo, en el umbral, un gato amarillento roza su sarna contra el quicio de una puerta desencajada. Un marco indecente, de novela. De novela negra, tal vez. Una angustia en un corazón sin fuerza, desconocido, demolido, derrumbado. Un perro a lo lejos llama la atención del gato sarnoso. Un bufido indiferente, unos ojos entornados y una luz que se apaga. A lo lejos, se podría escuchar un tren. Pero no hay trenes en este pueblo. Ni tranvías. No hay gente. Sólo fantasmas de sí mismos. Ajenos a sí mismos, más bien. Porque los fantasmas ya ni se asoman por las puertas, ni por los trenes. Ya ni se molestan en molestar a los gatos, ni a los perros, ni a los trenes. Reluce el oro sólo en los dientes indecentes de un corazón que no palpita. No tiene derechos ni deberes. Sólo alguna sorna descarnada se atreve a pulular por la calle principal. Si es que se le puede llamar principal. Es verdad que es la calle principal. Sólo hay una calle y está llena de mierda. La farola mugrienta como siempre estuvo. Una farola de gas que sólo conoció el agua un año que cayeron cuatro gotas. Pero de eso no se acuerda ni el gato. Y menos la farola. Una vez pasó un tren, allá, en la distancia. Pero sólo lo recuerda un viejo. Un tren imposible de distante, un tren sospechoso de fantasma. Probablemente un tren en blanco y negro cargado de carbón, más negro que la esperanza de recibir un tren, un deseo sin deseo, un barco sin mar, sin río. Negro como un pueblo, como una calle, como un gato indiferente. Una noche negra como la boca de un metro que nunca tendrá, ni falta que le hace. Hubo un río una vez. Pero se secó como la esperanza.

Un pueblo que una noche tuvo un habitante. Despistado, preguntó por un hotel, por una bañera, por un afeitado, por una noche de amor clandestino. Sólo le respondió el eco de la calle mayor y el de la farola blanca y el de la farola negra. Sus pasos le guiaron hacia una luz mortecina, hacia una ventana lúgubre, hacia la nada. Nada.

Una farola negra como lo blanco que nunca pudo ser. Una farola del desierto como un pueblo fantasma sin fantasmas. Unos fantasmas que decidieron subir una escalera de caracol interminable para saludar a los buitres y a los murciélagos. Unos fantasmas muertos de aburrimiento. Una luna asomada a una chimenea de hielo se acopla a una abulia descorazonadora. Ya no sopla el viento de ningún punto de la rosa porque la rosa se marchitó hace siglos, si es que los siglos han pasado por aquí alguna vez.

Ya no hay esperanza en el mar, ni en la luna, ni en el gato. La farola sólo desea un perro que, como una vez, mojó sus pies resecos.

Ya no hay ni un bolso al viento que complemente su sudor. Ni un chulo de carretera. Ni un disparo, ni un yonqui, ni una borrachera. Ni siquiera pueblo al que iluminar. Ni siquiera gato. Ni siquiera tren de cercanías que rompa el silencio. Nada.

Nada.

Information icon

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.