Los cirujanos. 1
Nacimos en el norte de la isla, al costado de una montaña de zahorra y al abrigo de una pequeña casita de tejas rotas y paredes de adobe. Desde el amanecer, como una necesidad vital, nos dispersábamos entre las huertas atendiendo a la necesidad ancestral de los desarrapados Nuestro alimento principal eran los plátanos, generalmente verdes y robados.
Los caciques sabían que el hambre es la más osada de las pulsiones y que no hay verjas ni paredes capaces de anular el puntual reclamo de los estómagos vacíos. La vigilancia de los guardajurados y chivatos colaboracionistas era constante. Si alguno de nosotros caía en sus manos la paliza era intensa y brutal.
Mis hermanos mayores ya se habían colocado como peones y tenían resuelto el sustento mínimo vital. Los pequeños teníamos que buscarnos la vida desde el amanecer. Era Rafael quién dirigía la tropa. Descalzos, bajo una lluvia de piedras, aferrando la recién conquistada manilla de plátanos, corríamos a escape por caminos y barranqueras después de escalar como monos las paredes de las fincas.
Éramos nómadas temporales: al intensificarse la vigilancia teníamos que ampliar el territorio de conquista. A diario recorríamos muchos kilómetros para asaltar las fincas más alejadas. En ocasiones regresábamos a nuestra destartalada casita bajo la noche cerrada y con un escaso botín bajo el brazo.
La necesidad es la madre de la creatividad y fue Rafael -siempre era él- el que dio con la cura: la idea le vino a partir del corte que se hizo al pisar una hojilla de afeitar oxidada. Cuando logró parar la hemorragia a base de emplastos de tierra y escupitajos de saliva, quedó pensativo unos minutos, antes de pronunciar la sentencia salvadora: “a partir de ahora vamos a ser cirujanos”. Lo miramos con una mueca de incomprensión; era la primera vez que escuchábamos aquella extraña palabra.
Continuará
