La corbata
Yo elegía las camisetas en función de mis estados de ánimo, pero esa tendencia corresponde a mi etapa adolescente; de niño iba semidesnudo, acorde con el salvajismo de la época.
Nací junto a una montaña de zahorra en un pequeño barrio del Realejo Alto y al abrigo de vieja casa de de adobe y tejas rotas. Recuerdo el eterno manto brumoso que envolvía de soledad los patios y las huertas; rememoro aquellos días grises y melancólicos, en los que el sol, ocasional y esquivo, expandía algún trazo de algún rayo de calor sobre el frío callejón. Bajo aquella eterna capa de panzaburro ningún niño usaba camiseta; íbamos descalzos, cubiertos con un pantaloncito corto sujeto con una tira de tela cruzada sobre el pecho desnudo. Cuando alguna ráfaga de sol hacía aparición en la esquina de la huerta todos los chiquillos nos arremolinábamos bajo el foco protector, al grito de: el solito, el solito.
Yo no usaba camiseta, pero tenía corbata. Desconozco el origen de mi predilección por esa distinguida prenda. Tal vez buscaba hacerme respetar imitando al alcalde y los estancieros más ricachones, a los que veía lucir corbata cuando iban al cine o acompañaban las procesiones de semana santa.
Conocedor de mi afición por esa prenda mi padre me regaló, por reyes, su corbata de bodas. Mi madre siempre encontraba alguna corbata en las almohadas de relleno y las vecinas me encargaban mandados a cambio de alguna corbata vieja y arrugada. Yo correteaba entre la tierrita del camino, siempre descalzo, con el pecho al descubierto y una eterna corbata colgada al cuello. Había logrado reunir diversos colores y disponía de una para cada día de la semana.
Estrené mi primera camiseta cuando nos mudamos a la capital. Veníamos de Buenavista del Norte y arribamos a Santa Cruz en un viejo camión Dodge de barandas, mezclados con los destartalados muebles de la finca. Como llegábamos a la gran ciudad la camiseta era obligatoria, pero yo viajaba avergonzado porque calzaba unas viejas lonas, sucias por la tierra y, a falta de cinturón, me sujetaba el pantalón con una fina soga de amarre. Fue una mudanza sin anestesia: los vecinos de la capital nos miraban atónitos mientras bajábamos del camión, sorprendidos frente a aquella tribu de campesinos azorados que cargaban enormes colchones de paja y renqueantes muebles de palo rústico. Un año después, más amoldado a la vida urbana, ya disponía de tres camisetas y un par de zapatos de punta. Eran camisetas de propaganda y, por tanto, de regalo: “Ferretería El Martillo”, “Foto Benhagay” y “Galerías Laguna” ponía en los letreros.
Mis primeros zapatos eran de punta fina y me los trajo mi hermana Mari Luz. Cuando me los regaló no me podía imaginar que aquella caja de cartón contuviera un tesoro. Me costó meter los pies. “Tus dedos están arregostados a las lonas, tienes que hacerles el rodaje”, me convenció mi padre al ver que me costaba caminar. Haciendo caso a su consejo —mi padre sabía del asunto porque usaba zapatos desde los veinticinco años— me los calcé a la fuerza, me puse la camiseta amarilla de la Ferretería el martillo y, salí a la calle dispuesto al sacrificio. Cuando llegué al Puente Zurita dos lagrimones caían por mis cachetes y varias gotas de sudor mojaban mi frente. Me senté en el pretil para descalzarme. Al tiempo que me quitaba los zapatos noté un extraño roce, metí la mano buscando el origen del suplicio y respiré aliviado al descubrir que el problema era provocado por los moldes de cartón que algunos zapatos traen de fábrica. Regresé a casa cómodo y animado, feliz al descubrir que mis pies eran aptos para usar zapatos.
En la distancia de los años veo la brumosa imagen de un niño correteando descalzo, con el torso desnudo y una corbata azul colgada del cuello. Aun pienso que la utilidad de esa prenda solo tiene sentido con el pecho al descubierto. Desde que comencé a usar camisa fue desapareciendo mi interés por la corbata.
