Ida y vuelta
Juan Bravo
Allí dentro, en aquellos amaneceres, la atmósfera era irrespirable. Sin embargo, fuera, la tensión era aún peor. El pequeño espacio, a pesar de la música, se reducía por momentos. Dylan poco contribuía a mejorar las cosas. Esa voz de leñador camionero desafinador profesional no era lo más adecuado para un momento así. Claro que, sin él, aún sería peor. Porque la alternativa se apellidaba Carey y no venía al caso. Por eso, decidió dejarlo y, entre estrofa y estrofa, gallo y gallo, pensó en lo que se avecinaba para hoy. O no. Porque el trabajo no lo es todo en la vida. O sí. Porque, según los datos de la boutique del empleo, los que no tienen están contando colas, ejercicios mentales y malos rollos. Y hacia allí iba. La boutique que le da de comer la esperaba como una gran boca que la engulliría tarde o temprano. Más bien temprano. Porque a aquellas horas de la mañana, llenas de insultos, tensiones, semáforos, “mira ese qué listo, como se cuela por la derecha”, no se las puede llamar humanas. Y lo peor es aparcar, porque a ver “dónde coño voy a meter este puñetero coche”. Pero eso es una historia para dentro de media hora. Porque ahora, lo fundamental es pitar a esa cretina “que ¿no te das cuenta que ya cambió el semáforo, so idiota? ¡Claro, van pensando sólo en los novios! O vete tú a saber, con la cara de yuppi que tiene, apegada al trabajo, que no sabe pensar en otra cosa. Sólo le falta sacar el móvil. Y, sin embargo, la tía ahí está, probablemente con los mismos problemas que yo, que no va a llegar a su trabajo, que además el jefe debe ser un machista cabrón, que le van a echar una bronca, que, encima, tendrá que quedarse hasta las tantas a recuperar... Pero, mira la cretina cómo se cuela”. Allí dentro la atmósfera era irrespirable. Menos mal que había dejado el tabaco desde hacía mucho. “Mira que me costó, pero en momentos como este a lo mejor me apetecería una caladita; pequeña. No, mejor no, vaya gilipollez”. El Dylan ha vuelto a empezar, ya se ha dado la vuelta a la cinta, “se está poniendo pesado, el tío”. Quitó la cinta y surgieron del fondo del radiocasete unos tertulianos sabelotodo en política nacional e internacional y qué bien lo harían si ellos tuvieran las riendas. “En fin, no sé qué será peor, si esto o el Dylan”. Joder, ayer quité las otras cintas del coche, sólo me queda el Dylan y esta de la Carey que no pienso darle ese gusto. Mañana tendré que acordarme de coger la del Springsteen, que por lo menos tiene marcha. O Mozart. Mejor, Mozart”. El café está empezando a hacer estragos. “Este estómago no me aguanta una taza más. Tendré que plantearme dejarlo, como el tabaco”. Sin embargo, eso, no era lo peor. El aguante se traduce en desgana que se traduce en desasosiego que se traduce en aguante. Pero también está la monotonía. Ayer igual que hoy igual que mañana igual que pasado. Y el año que viene como el pasado. Sin embargo, ese trabajo es capaz, a su pesar, de dar satisfacciones. “Es increíble pensar esto de un trabajo que te gusta, que te llena. Tía, es sólo un trabajo, que te da de comer”. Los humos se colaban intrusos entre gallo y gallo de Dylan. Si es que hasta la armónica desafina. A su pesar desafina. Y la guitarra. Y la atmósfera se vuelve desafinada. “Mañana volveré a olvidarme la cinta de Springsteen. Y de la de Mozart. Y soy capaz de tirar al Dylan por la ventana.” El semáforo se ha vuelto verde, de repente y la atmósfera, allí dentro es aún, si cabe más irrespirable. Allí dentro, a aquellas horas de mediatarde, la atmósfera era irrespirable. A pesar de Dylan. O gracias a él.
