Vivir no es durar
Manolo Cabrera
Si a lo largo de la historia la casta social dominante hubiese logrado sus objetivos, siempre centrados en el beneficio desmesurado sin atender a razones medioambientales y humanistas, la especie humana habría desaparecido del planeta. Basta con observar las políticas depredadoras que impulsa la derecha cuando está en el poder: acaban con los ecosistemas que generan y sostienen la vida en el planeta, contaminan los mares y los ríos, favorecen que la atmósfera sea cada vez más irrespirable, contribuyen a la desaparición de otras especies y anulan la vida en toda la extensión del término, destruyendo cualquier iniciativa que fomente la solidaridad y el apoyo mutuo. De manera constante y pausada van inoculando el veneno del odio hacia los que adversan de sus decisiones. El odio es el combustible de la derecha. El desprecio hacia los desfavorecidos es la inspiración que estimula a esos respetables y encorbatados señores del chalet y limusina. Para poner en marcha sus destructivas medidas no dudan en recurrir a la manipulación psicológica, convenientemente planificada en sus bien nutridos laboratorios; fábricas del pensamiento; artífices de un consenso diseñado para cambiar la percepción de la realidad. El objetivo es que odiemos a los semejantes y abracemos al explotador. En tiempos de inteligencia artificial es destacable la inmensa capacidad de los poderosos para que el pueblo, convenientemente adoctrinado y alienado, reniegue de su origen y abrace a sus explotadores. Saben de la inmensa fragilidad de nuestra biología; nuestra pobre capacidad para enfrentarnos a la manipulación, los bulos y la mentira; nuestra vulnerabilidad frente al engaño y nuestra tendencia, asombrosamente inclinada a creer en una realidad paralela. Los explotados terminan renegando de las opciones políticas que defienden su propia causa y se pasan a las filas de los opresores. ¿Cómo lo hacen?
El conglomerado mediático, las redes sociales, el inmenso aparato propagandístico del sistema económico imperante neutraliza la percepción de la realidad hasta el punto de fabricar una realidad que encaje con sus intereses, anulando todo sentido crítico. Una inmensa muchedumbre, sutilmente adoctrinada, recorre las calles, las plazas, las grandes superficies, ávidas de objetos de consumo que sacien su ansiedad. Han convertido la vida en un teatro donde se escenifica a diario una gran tragedia humana, la que anula cualquier intento de progreso que no esté dirigida al incremento de la productividad y la cuenta de resultados de la minoría explotadora, siempre inmensamente generosa con sus afines, agentes de enrevesado discurso; personas capaces de realizar tan espléndido trabajo: el salario de Antonio Garamendi, presidente de la CEOE es de 391.000 euros anuales.
Necesitamos mucha creatividad para neutralizar esta situación. Permanecer ausentes de los problemas colectivos es un recurso al que acudimos para vivir al margen de la problemática social, pero la vida se nos escapa de las manos cuando entendemos la existencia como una parcela exclusivamente individualista. Vivir no es durar.
