Le llamaban Potipoti

Manolo Cabrera

Le llamábamos Potipoti y era el encargado más traicionero de la plantilla. Por la mañana nos repartía en cuadrillas de 3-4 personas y nos distribuía por toda la geografía de la costa lagunera. 

—Ustedes trabajen tranquilos, que yo tengo mucho que jacer y no voy a aparecer en todo el día.

Ya lo conocíamos. Cuando decía esto era cuando había que estar vigilantes: aparecía de manera inesperada para coger infraganti a los que se escaqueaban.

En una ocasión nos encargó a Oscar y a mí la tarea de colocar el tramo de una tubería galvanizada de seis pulgadas, un diámetro considerable y difícil de manejar. Debido a la irregularidad del terreno, con desniveles y barranquillo, era necesario colocar un doble codo para salvar un profundo hueco, un trabajo que iba a retrasar considerablemente la tarea. Eran las once de la mañana cuando escuchamos a lo lejos el conocido ronroneo del Land Rover del encargado.  Gregorio Potipoti, fiel a su costumbre, se presentaba de golpe, al tiempo en que Oscar y yo, sudando y metidos en el barrizal, tratábamos de engarzar la tubería.

—No, pero yo les dije que no quería codos ni nada. Yo les mandé que la tubería debe quedar bien tiesa.

—Pero maestro Gregorio, ¿no ve que hay un salto de medio metro entre estas dos rocas?, si colocamos los tubos sin codos van a quedar empenados.

—Bueno… como ustedes no son capaces de cumplir mis órdenes, váyanse ahora mesmo pa’ sus casas…

En ese momento salió a relucir mi vena reivindicativa:

—No, no; yo estoy en mi puesto de trabajo. Si usted quiere que me vaya pa’ mi casa, démelo por escrito.

Oscar, que además de atrevido era el más guasón del grupo, no perdió la oportunidad:

—¿Cómo coño te lo va a dar por escrito, si este hombre no sabe hacer la o con un canuto?

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