Papá Dios
Manolo Cabrera
Era gordito y de apariencia bondadosa. Adornaba su cabeza con un colorido gorrito de crochet y combatía cualquier adversidad con la acentuada sonrisa de un experimentado veterano. Sujetaba su pantalón con coloridos tirantes elásticos, calzaba alpargatas de esparto y se movía con giros imprevisibles, como los torpes gestos de un niño cuando aprende a caminar. Era chistoso, bullanguero y amigo de la fiesta improvisada. En los pequeños altos de la faena diaria activaba el caset del coche con música marchosa y se movía al compás de un baile pachanguero. Tenía preferencias por las cumbias colombianas y ritmos afines, como El viejito Garañón, de Aniceto Molina. Probablemente se veía reflejado:
“El viejo Toño Toñito era un viejito garañón” …
Nadie se aburría a su lado. De todo hacía una fiesta, incluyendo los momentos en que reparábamos averías en la red. Solía emparejarse con Oscar, el incorregible pillastre del grupo. Y fue Oscar quien le endosó, en un momento de inspiración, el apelativo de “Papá Dios”.
No sabíamos que la vida de Isidro había sido un interminable rosario de adversidades personales. Fue tarde cuando descubrimos que su tendencia a la fiesta era un mero recurso liberador, una válvula de escape para calmar angustias que solo él conocía. Sin embargo, aquella inclinación al jolgorio no le bastaba para llenar sus vacíos. Un día, quizá buscando un recurso más trascendente, se acercó a la Iglesia Cristiana Evangélica. El cristal trasero de su viejo Peugeot se llenó de pegatinas religiosas: “Dios te ama”, “Jesucristo es la salvación” …
En una ocasión Oscar, el incorregible guasón del grupo, encontró el poster de una caribeña desnuda que exhibía su llamativa anatomía y la pegó al cristal trasero del coche de Papá Dios. Aquella tarde, ajeno a la trastada de Oscar, Isidro recorrió con su coche varias calles de La Laguna paseando con la foto de aquella escultural caribeña de piernas abiertas pegada tras al cristal trasero del Peugeot junto a la frase “Dios te ama”. Eran las bromas pesadas de Oscar, que no alteraban el buen carácter de Isidro; por el contrario, Papá Dios terminaba participando de las risas y jolgorios que originaban las continuas pillerías de aquel gánster.
Una reestructuración interna en la plantilla de fontaneros nos separó. Pasé a formar parte de otra cuadrilla y, a partir de entonces, solo nos veíamos de pasada. Recuerdo su saludo de luminosa sonrisa cuando nos cruzábamos con el coche.
Cierto día de invierno una noticia me dejó impactado: había encontrado a Isidro colgando de una cuerda en el interior del garaje. Aquel buen amigo, lastrado por la pena y el dolor, se había suicidado. A partir de ahí salió a la luz una vieja historia que nadie conocía: años atrás un sujeto sin escrúpulos, un matón por encargo, había asesinado a un hombre, y el asesino era hijo de Isidro. Cuando cumplió condena el sicario había vuelto al hogar familiar para someter a sus padres a un continuo chantaje y maltrato. La infelicidad más absoluta reinaba en el hogar familiar.
A partir de entonces la imagen del querido compañero quedó engrandecida. Isidro tenía una sorprendente capacidad para transformar la adversidad en alegría. Papá Dios no había llegado a superar su sufrimiento personal, pero había logrado ocultarlo para no cargar con más infelicidad nuestro breve paso por la vida.
