La motobomba
Manolo Cabrera
Chicho era mi jefe de entonces. Salíamos de la nave con el Renault 5 de la empresa y pasábamos por la oficina de la calle San Agustin para recoger los partes diarios que marcarían la ruta del día. Camino La Villa, Camino Vallado, laderas de Gonzalianez, Jardina, Tejina, Valle Guerra… Era una época en la que abundaban los “ilegales”: gente que se enganchaba clandestinamente a la red de agua para regar sus sembrados. Algunos llevaban años llenando depósitos y recogiendo cosechas a costa de la red municipal. En las zonas agrícolas son habituales los desencuentros vecinales y solíamos descubrir las infracciones gracias al chivatazo de algún vecino. Yo formaba parte de la brigada encargada de la vigilancia. En la jerga de la plantilla éramos conocidos como “los ilegales”.
Los transgresores, cuando eran cazados, trataban de justificarse con los más rocambolescos argumentos: “Yo no sabía que eso estaba asin…”; otros se lo encasquetaban al anterior dueño: “¡Cuidado eh!, que no soy ningún ratero: yo compré la propiedad con todo incluido…"
En una de esas ocasiones, durante un caluroso día de agosto, nos mandaron al Barranco San Juan, en la periferia de Tacoronte. Se había recibido una llamada comunicando que un vecino de aquella zona regaba sus papas con una conexión directa a la red.
En medio de la huerta, bajo un sombrero de paja, vimos al individuo, un hombre ya entrado en años, piel requemada por el sol y pelo canoso. Manguera en mano llenaba tranquilamente los surcos de su sembrado. Cuando nos vio penetrar en el patio se puso tenso y acudió rápido a cerrar el grifo
—Buenas… somos del servicio de aguas. ¿Me puede decir de donde sale ese chorro con el que usted está regando?
—Esa agua la compro yo y me viene por esa tajea. De la tajea voy llenando ese tanquito —señaló hacia un supuesto aljibe oculto tras una puerta con candado.
—¿Me puede abrir la puerta para comprobar el depósito y la motobomba?
Su rostro palideció.
—Resulta que… La llave se la llevó mi hijo… Que se fue a coger magarsas pa' los conejos.
Decidí dejarlo sin excusas: —Bueno… me conformo con ponerme tras la puerta; usted abre el grifo y cuando se dispare la motobomba yo podré escuchar el ruido.
Se quitó el sombrero y comenzó a rascarse la cabeza. Al fin se rindió: —Bueno hombre...; estooo… Ta' bien… ; vamoh ha jacerlo asín…
Abrió el grifo y acto seguido pegué la oreja a la puerta metálica del cuarto. Bajo aquel calor sofocante solo se oía el zumbido de las moscas. De pronto, a mis espaldas escuché un sonido extraño; algo parecido a un monótono silbido. Me giré y contemplé al individuo tratando de imitar con los labios el sonido de un motor. ¿Y eso? pregunté.
—¿Usted está sordo o qué? ¿No está oyendo que ese es el singuido de la motobomba?
No sabía si cabrearme o reír. Lógicamente opté por lo segundo.
