La mesa

Juan Bravo

Cuando me dijeron que tendría que estar en una mesa electoral para las elecciones generales, me entró una depresión. Pensar que tendría que estar en una mesa un día entero, con el consiguiente complemento de continuos estrechamientos de manos a todas las autoridades que por allí pasaran, me daba nauseas.

La mesa que me tocó presidir era de alta alcurnia. Por allí pasarán un par de ministros y ministras, con sus correspondientes parejas, sus escoltas, sus aduladores, sus babosos y babosas y un sinfín de periodistas y fotógrafos que tendrán que inmortalizar un acto tan igual, año tras año, que creo que, con una foto que les saquen la primera vez que votan, ya debería de servir para siempre. Pero no: hay que plasmar el momento histórico para la posteridad.

08:30. Como yo estaba de muy mala leche, procedí a levantar acta de la apertura de la mesa y a montar la urna, con el falso objetivo que haciendo todo esto muy rápido, la cosa acabaría antes.

08:40. Empezaron a llegar algunos fotógrafos y eso me cabreó.

08:50. Empezaron a llegar algunos apoderados de los partidos y eso me cabreó aún más.

Y eso me hizo pensar que, como me habían dicho el día de la reunión informativa, yo era la máxima autoridad del lugar. Y me puse a ejercer.

Llamé a un municipal que se encontraba quitándose un moco de la nariz y le dije que colocara a los periodistas lo más lejos posible de la mesa. Éstos obedecieron de inmediato, aunque rebuznaban por lo bajo, no sé si por la orden directa o por el moco del municipal que aún le colgaba de la fosa derecha. El guardia me miró extrañado, pero cumplió la orden, lo que hizo que me pusiera como un gallito. Está bien esto de tener poder.

09:00. Cuando terminó este cometido, le dije que, con una regla, midiera las credenciales que los apoderados colgaban de sus cuellos y todas aquellas que sobrepasaran 20x25 cms, se lo hiciera quitar si querían ejercer como tales. La prueba no la pasó ningún partido, por lo que todos escaparon, entre protestas de inconstitucionalidad y amenazas de denuncias, a buscar unas credenciales que cumplieran con la norma que yo me acaba de inventar. O no.

09:28. Llegó la primera autoridad y en el acto posterior al ejercicio de su derecho al voto, le dije que desalojara, que en esta mesa o se le daba la mano a todo el mundo o no se le daba a nadie. Así que le dije al guardia que desalojara a ese señor y a todo su séquito, que había muchos ciudadanos esperando a ejercer su derecho al voto y en la mesa no se le daría la mano a nadie. Primer indignado del bando de la autoridad competente. Aquello provocó que fuera yo la estrella del momento y, según me dijeron después, fui portada de muchas webs de periódicos, nacionales e internacionales

10:00. Entonces llegó.

Era la apoderada de uno de los partidos emergentes, como así lo indicaba la credencial que colgaba de su cuello. Alguien le dijo que era demasiado grande y se la colgó de su minúscula falda. Además, yo, que soy un profesional de cómo asomarse a los escotes sin ser descubierto, no paré de ejercer de escote y falda.

10:22. Llegó otra autoridad y, entre asomo y asomo, le apremié a que espabilara, que estos actos son por y para los ciudadanos, no para las autoridades, por muy competentes que fueran. O no.

Como la mañana estaba animada y la ciudadanía no paraba de llagar a ejercer y yo de leer deeneis y recitar nombres e informar que ese deenei había votado, sólo me daba cuenta que a las horas y a las medias, la apoderada del partido emergente, cambiaba de postura descruzando y cruzando las piernas, lo cual le daba un toque temporal al acto constitucional.

Llegadas las 12:00 miré, solamente para ver si se cumplía el horario y efectivamente, además de cumplirse, la apoderada se agachó para recoger un papel que se le había caído, lo cual me dio algo de trabajo, debiendo ejercer, además, como asomador, lo cual me dio un nuevo impulso para seguir ejerciendo todos mis quehaceres.

Llegó a las 12:30 en punto uno de los apoderados de un partido tradicional y con mucho sarcasmo se me acercó a preguntarme si su credencial cumplía con las medidas reglamentarias, lo que me hizo cabrear mucho más, al privarme de la visión del paisaje de las medias horas. Así que le dije a ese señor que fuera a cachondearse a otro lado, a la vez que ordené al guardia que lo desalojara. Porque esto no se hace. Encima que uno es un apolítico visceral, uno que piensa que la política no sirve para otra cosa que para que unos pocos se enriquezcan a costa de la mayoría. A mí, que siempre he votado a lo más tradicional de todos los partidos tradicionales, no se me hace esto. No. Porque un aburrimiento tan brutal como el que yo estaba ejerciendo para que los políticos siguieran siéndolo, no era una cuestión baladí, ni siquiera frívola. Ni superficial. Así que me armé de paciencia a esperar a que llegaran las horas en punto y las medias horas.

Y gracias al tiempo, me convertí a los emergentes.

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