El sueño eterno
Juan Bravo
Fuera llueve a raudales. El frío se va metiendo entre las mantas, las sábanas y los edredones, que por mucho que me los hayan vendido como nórdicos, no funcionan. La estufa se ha quedado en proyecto y cambiar las ventanas no entra en los del dueño. Jodido dueño que no vive en estos treinta metros cuadrados de mierda. Y jodido despertador que suena cuando uno está en lo mejor del sueño y del proyecto.
La perspectiva no es distinta a la de ayer ni mejor que la de mañana. Además, la jodida lluvia. La calle es más agradable que el metro. Allá abajo huele a viejo, humedad, sudor y mal humor. Allá arriba huele a amargura, sirenas, desazón, policía y malos humos. No hay sueños ni arriba ni abajo. Sólo desesperación, prisas y castigos. Pero abajo no llueve.
Rubén se moja las puntas de los pelos, de los dedos, de la nariz. Hoy no toca afeitado. Además, la barba de tres días, da más empaque. Y no hay para más. El café sabe a rancio y el cigarro a humedad. Se viste, los zapatos con su eterno agujero, la camisa con su eterno olor a sudor, el suéter con su descosido en los codos, los mismos codos, los mismos agujeros. Los vaqueros son los mismos, lavados porque los vaqueros son el prestigio, la seña de identidad. Y el saxo. Dorado. Compañero, esclavo, amigo.
Coloca con mimo el instrumento en su estuche, desconchado, descolorido, también con su seña de identidad: un agujero que ventilará lo que no necesita ventilación. Desvanece las dudas, la desgana, el trayecto hasta la parada del autobús, hasta la parada del metro, hasta el pasillo de casi siempre. Las mismas caras de sueño, de desánimo, de qué coño hago yo aquí a estas horas, a cualquier hora, de adónde voy con la que está cayendo. Esas caras de otra vez me han pisado, me han metido un codazo, me han tocado el culo. En momentos como este, Rubén piensa en Coltrane. La situación no tiene nada que ver, pero piensa en Coltrane. Ni en Parker ni en Young ni en Rollins. Quizá la sonoridad sea distinta. Rubén se plantea que debe saber por qué Coltrane.
¡¡Qué gilipollez!!
Un codazo en las costillas lo devuelve a la realidad y a la estación. Por los pelos. Busca su rincón, abre el estuche, saca el saxo, se quita el sudor, saluda a Bernardette, la chica de la semana que anuncia la felicidad en cómodos plazos desde la pared de enfrente, hace calor aquí abajo. La cosa empieza bien: sin empezar a tocar, cae una moneda en el estuche. Hablando de Coltrane, hoy, señoras y señores, empezaremos con A love supreme. Sólo lo oyen su saxo y sus vaqueros. Arranca con fruición. La boquilla le molesta los labios. No puede sustituirla. Rubén se emplea a fondo. Una señora con su carrito a cuestas lo mira con indiferencia y sigue. Bastantes problemas debe tener cargando con la compra y la pensión de mierda. En un gallo, un señor de trajeycorbata, abrigo, se para enfrente a escuchar. O solo a mirar. Bigotito bien recortado, qué coño tendrá este que hacer tan importante a estas horas. Jodidos pensionistas. Por mucho que mire, no va a dejar ni un duro. Rubén sigue con su amor supremo, “cada vez me cuesta más esta canción. Tengo que encontrar un grupo”. La velocidad lo rodea por todas partes, el señor ha terminado aburriéndose y se va, una chica, tacón e impermeable se agacha, deja una moneda o dos y continúa. Esto hay que pararlo y Rubén se lanza con Lullaby of Birdland, más alegre. Pero la alegría no parece entrar en los cuerpos mojados de los que deslizan sus vidas por los pasillos del metro.
Rubén necesita otro aliciente. No es esta vida lo que él quiere. Rubén tiene el cuerpo lleno de jazz, de humo y de paisajes en blanco y negro. Un pasillo de metro tiene raciones de sepia, de grises. Pero el escenario se acerca más a Lush life o Mood Indigo. Vuelve a pensar en Coltrane y esta vez también en Young y en Henderson y en Gillespie y en McCoy Turner y en Elvin Jones y en Jimmy Garrison. Y Rubén se imagina una jam session. Y piensa en un pasillo de metro de Madrid lleno de humo, sudor y güisqui. Una jam session. Joder. Termina con Lullaby y arremete con A night in Tunisia. A tope. Esta está poco ensayada. Pero le importa también poco. Los saxos se entrecruzan, Dizzy dirige y todos le siguen, hay que obedecer al jefe. Rubén se lanza en un solo que los demás aprueban con la cabeza y los ojos. Rubén sigue y Dizzy lo mira. Una más. Ya vale, dice su gesto. La noche tunecina se alarga. Cada cual aporta su mensaje, su lenguaje, su sentimiento y su alma. Como siempre. McCoy se encierra en sus teclas saltarinas, furiosas, con Garrison y Jones de la mano. Quizá Rubén se haya pasado un pelo. Pero, ¡qué coño!, una noche es una noche. Esto es un sueño del que Rubén no quiere despertar. Un sueño, una fantasía hecha realidad. Una jam con estos tíos es un orgasmo eterno, secreto, transgredir una norma. Pero vale la pena. Rubén se despista, hay una grieta en fa sostenido donde va un sol menor y los reproches alertan el pasillo del metro. Perdón. No estoy a lo que estoy. Se frena, termina la noche en Túnez y Rubén no despierta. Un estudio de Nueva York lleno de humo, güisqui, blanco y negro, grises. Instrumentos alrededor de Dizzy, que dirige. Habla, dirige su trompeta al aire y por allí está Chano Pozo. Empieza Manteca. Buff. Rubén alucina, toca como un poseso, su técnica ha mejorado considerablemente. Lo miran raro. Como si no estuviera, como si fuera transparente. Bernardette intenta salir del cartel, no puede, desiste y se ríe. El señor jubilado del bigotito juega con el micrófono de detrás del cristal…
¿Es este el sueño eterno?
A John, Dizzy y Lester. Y a Rubén.
