El Señor Sandalio
Juan Bravo
Los chavales de la calle, cuando no jugaban al fútbol rompiendo los cristales y escaparates de los bajos, o se transformaban en guerreros prehistóricos a pedrada limpia con los guerreros prehistóricos de la calle de arriba, a veces, avisaban a los guerreros de arriba y, juntos, alquilaban aquellas bicicletas grasientas, para confraternizar y fijar la fecha de la próxima batalla. Lo de confraternizar, más que nada, para que no les riñeran las respectivas madres y padres, siempre confraternizando ellos y ellas, o no, con las madres y padres de los vecinos de la calle de arriba; ninguno de ellos estaba dispuesto a curar aquellas continuas heridas propias de la edad y la piedra.
El Señor Sandalio era un señor ya mayor, a ojos, claro, de aquellos chavalines a los que todavía no les habían salido todos los dientes definitivos. Era robusto, barrigón, canoso, siempre con mala cara y una bata azul, tan grasienta y cochambrosa como sus bicicletas. Era un ex guardia civil que, según las malas lenguas de la calle, había sido expulsado del cuerpo por cuestiones nunca esclarecidas. Ya de mayor, se hizo emprendedor alquilando bicicletas, algunas con la cadena exótica y otras con los frenos insumisos. Don Sandalio tenía malas pulgas, sobre todo cuando los chavales devolvían las bicis quejándose que el freno de atrás no funcionaba y el de delante frenaba demasiado, y al damnificado había que llevarlo al practicante de cabecera de la calle para que le pusiera una antitetánica y un par o tres de puntos. Entonces, a Don Sandalio se le abrían la bata azul y la camisa verde de la guardia civil que llevaba debajo, dejando a la vista aquel inmenso ombligo y los pelos de aquella infinita barriga. Los niños se reían y al Señor Sandalio se le aparecían todos los demonios.
Y así, hasta el próximo alquiler. Sin resentimientos.
