El peso de la regla

Juan Bravo

El polvo fino de la tiza flotaba en el aire estancado de aquel pasillo que hacía las veces de un aula en una buhardilla polvorienta y vieja. Corría 1960. El Señor Andrés, el maestro, no tenía la vocación que creían los padres y madres de aquellos niños; solo un sueldo procedente de los bolsillos de aquellos padres y madres que querían que sus hijos aprendieran algo de la vida y de la aritmética; el Señor Andrés tenía una paciencia que se había evaporado hacía años. Y unas reglas provenientes de los bordes de aquellas pequeñas y obligatorias pizarras negras.

Las mesas chirriaban. Y los bancos. Siete años, ocho años eran las edades de los veinticinco, treinta niños que temblaban bajo su mirada adusta y hosca. Hoy, el pequeño Lucas había fallado en la tabla del siete. Un error simple, pero inaceptable para el Señor Andrés, que creía que la letra con sangre entra.

El maestro se levantó lentamente. La regla de madera de acacia, pulida por incontables castigos, parecía alargar su sombra en el suelo de tablas desgastadas por el paso de niños asustados. Lucas se encogió, sus ojos grandes y asustados fijos en el suelo de la madera.

"¡Extiende la mano!"; la orden resonó, cruda por toda la buhardilla, en las orejas de aquellos asustados niños y, probablemente, a través del patio interior que, seguramente escucharon los vecinos y que pensaron “algo habrá hecho”.

El golpe seco cortó el silencio, resonando en las cuatro paredes. Un gemido ahogado. La palma de Lucas se enrojeció al instante, la marca de la disciplina ardiente.

Los demás alumnos bajaron la vista, un terror mudo compartido. No era la primera vez. Tampoco sería la última. Al final del día, lo que aprendieron no fue geografía ni aritmética, sino que el miedo era la lección más duradera. Y así todos los días.

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