El paro

Juan Bravo

Chiquito no se inmutó cuando lo despertó la luz del cuarto de baño encendida por don Evaristo en un día no habitual, pero sí frecuente. Lo normal era que Chiquito se levantara a dar los buenos días, tanto a don Evaristo como a doña Frasquita, pero el día de hoy se correspondía con la frecuencia mensual. Como siempre en las noches de frecuencia mensual, don Evaristo no durmió nada y, antes de dar vueltas y vueltas en la cama, se levantaba mucho antes que el sol y de que el gallo cantara sus primeras notas.

- Es increíble lo que saben los perros – habían comentado muchas veces ambos esposos, de la inteligencia de Chiquito que sabía cuando debía dar los buenos días y cuando no.

Chiquito, más que un perrito, como su nombre indica, era, sobre todo, un caballo lanudo, de marca -como decía don Evaristo- desconocida. El nombre se lo puso su nieta Yure cuando aún ésta era más grande que el perrito recién nacido y recién llegado a casa de los abuelos.

Don Evaristo había trabajado siempre en la construcción. Desde bien chiquillo, aprendiendo de su padre, y de sus tíos, se forjó en el arte del manejo de la concretera, la pala, poner bloques y la brocha gorda. Trabajó en muchas empresas, muchas de las cuales iban y venían, las crisis, decían, y don Evaristo tenía que pasar de vez en cuando por la oficina del paro para que le dieran unas perrilas para ir tirando.

Doña Frasquita era la más chica de cuatro hermanas y a la que le tocó cuidar de los padres hasta que fallecieron y en el reparto le tocaron una perrilas que se fueron enseguida en el cuidado de toda la familia, hermanas incluidas.

A don Onésimo tuvo que despertarlo doña Ludivina, como casi todos los días. Don Onésimo se quedaba dormido todas las noches viendo la tele y era doña Ludivina la que tenía que llevarlo a la cama y despertarlo al día siguiente.

-¡Chacho, se te va a hacer tarde! Evaristo ya debe estar preparado. Todas las noches te dejas dormir y todas las mañanas te pasa lo mismo- le reprochó, por enésima vez en toda su vida en común. Preparó el café, mientras don Onésimo se afeitaba y se daba la ducha semanal, para ir presentable a la suidá, para lo que, desde el día anterior, ella le tenía preparada la ropa de los domingos y los zapatos bien lustrados.

Don Onésimo había trabajado toda la vida en el campo: unas veces en un terrenito que había heredado de sus padres, antes de sus abuelos, y que le había tocado en el reparto en la herencia, terrenito que sus hermanos habían desechado, porque ellos se habían convertido en señoritos de suidá. Cuando al terreno le costaba producir, había trabajado de medianero, lo que le daba para comer y poca cosa más; hasta que no le quedó más remedio que irse a Venezuela, sitio donde no duró mucho: “aquellos años eran muy difíciles para los isleños”, decía cuando tenía oportunidad.

A doña Ludivina le había tocado poca cosa, unas perrilas que se habían ido cuidando a sus dos hijos y dos hijas a los que, con mucho esfuerzo, habían conseguido pagarles una carrera.

Afeitado, duchado, encorbatado y desayunado, don Evaristo se dirigió a casa de don Onésimo. Hacía frío y sabía perfectamente que tendría que esperar un buen rato a que llegara su amigo que, llegaría, como siempre, justo justo, cuando la guagua asomaba por la curva de la iglesia.

La guagua tardó lo que tarda la guagua y con la parsimonia de todos los meses, encauzaron -esas calles llenas de coches, de personas, de camiones, de semáforos con los que hay te tener cuidado y no sé yo como la gente puede vivir aquí- dijeron casi al unísono, como siempre.

Se pusieron a la cola, para ser atendidos, como todos los meses, comentando la situación de la agricultura, del paro y del tiempo, que cómo está cambiando, ¿eh?

Cuando les tocó la vez, se acercaron a la mesa de doña Hortensia, quien, como todos los meses, los saludó amablemente, les pidió los deeneises, aunque en realidad no hacía falta, se giró al ordenador y con una sonrisa les dijo:

-Bueno, don Onésimo, don Evaristo, ya no tienen que venir más por la oficina de empleo. Ya han cotizado ustedes lo suficiente y tienen la edad legal para jubilarse. Ya han trabajado ustedes mucho, se han sacrificado bastante y ahora lo que tienen que hacer es solicitar la jubilación en la seguridad social para que le paguen la pensión que ustedes se merecen. Y a disfrutar.

Ambos se miraron confundidos, asustados. Incrédulos.

Fue don Onésimo quien, casi balbuceando dijo:

-¡¡Doña Hortensia, no nos haga usted esto: estos son los únicos días que nuestras mujeres nos permiten bajar a la suidá y son unas horas que podemos librarnos de ellas un ratito!! Y tomarnos un desayuno distinto al del bar de Lucrecia.

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