El furriel

Manolo Cabrera

    Llegué al Regimiento Tenerife 49 con la típica inseguridad del recluta desubicado.  En Hoya Fría había superado el trauma que me supuso la pérdida de mis amadas y enroscadas greñas y había recibido las convenientes dosis de amor por la Patria. 

    En medio de aquel barracón desolado de Los Rodeos yo creía que Furriel era el apellido de aquel cabo altanero y burlón que nos daba la bienvenida “¡Adelante alegres y desplumados pollitos!”, nos decía el tunante entre el jolgorio de los más veteranos, aquel grupo de bárbaros insensibles, auténticos mafiosos con bigote que nos esperaban en la entrada de la compañía. Más tarde supe que Furriel no era su apellido, sino que así lo llamaban por ser el encargado del material cuartelero. 

     Era flaco y espigado, oriundo de La Palma, se apellidaba Concepción y, al ser un incorregible guasón, siempre estaba dispuesto a montar un teatro sobre cualquier acontecimiento cuartelero. En la compañía se comportaba como un incorregible pendenciero. 

     Para nosotros, asustados e imberbes reclutas, aquellos hombres curtidos, veteranos de vieja data, ejercían un poder absoluto sobre nosotros, pobres y descarriados mojigatos sin patria ni destino en lo universal.

     De entrada, el Furriel me echó el ojo, gastándome una broma que nunca olvidaré: yo estaba recién llegado al acuartelamiento y temblaba por el frio del invierno y el desapego familiar. Todo me resultaba trágico, áspero y distante. Mis hermanos mayores me habían aleccionado: “En el cuartel tienes que comportarte como un hombre hecho y derecho; y si es de derechas, mucho mejor”. 

      Yo llegaba con esa lección aprendida. Eran los últimos meses del franquismo y en las calles se palpaba el entusiasmo por el cambio. Aunque nadie se atrevía a decirlo, la mayoría deseaba fervientemente la muerte del dictador. 

     Durante mi segunda noche de estancia en aquel barracón desolado, con las luces ya apagadas, a las dos de la mañana me despertó bruscamente el segundo Imaginaria, quién se había confabulado con el Furriel: 

     –Te ordenan que te presentes inmediatamente en el despacho del Capitán –me susurró al oído.

     En calzoncillos, asustado y somnoliento, avancé en la oscuridad tropezando con los hierros de las literas. No sabía si temblaba por el miedo o por el frío. Ahora pienso que, probablemente, era por ambas cosas. Toqué tímidamente con los nudillos.

    –¡Adelante!  –se escuchó un vozarrón tras la puerta.

     En Hoya Fría había aprendido perfectamente los distintivos de mando y adiviné, entre la semioscuridad del despacho, que la silueta que se sentaba tras la mesa, llevaba un chaquetón con los galones de Brigada.   

     –¡A la orden, mi brigada! –Me cuadré frente al suboficial. 

      –¡Siéntese! –ordenó.

     Una lámpara directamente dirigida a mi rostro me impedía la visión. No podía ver la cara de mi interrogador.

     –¡Tengo informes de que, en el pasado, usted llegó a asistir a reuniones del partido comunista! –vociferó.

    Aturdido, traté de recordar:  –Yooo…. Solo fui una vez a una reunión de vecinos del pueblo porque repartían bocadillos de mortadela… –balbuceé asustado.

     – ¡No mienta! Tengo informes de que esa era la excusa. Se trataba de reuniones clandestinas de masones y comunistas para conspirar contra nuestro Glorioso Caudillo.  Ya le llegará la notificación, pero le adelanto que, como castigo para ese delito, le destinaremos a nuestro Inmortal Cuerpo Legionario en el Sahara. Allí expiará sus penas y aprenderá a ser un hombre de verdad. Sus maestros serán los camellos y las ardientes arenas del desierto africano. ¡Retírese!

     –¡A la orden, mi Brigada!

     Me escabullí encogido en medio de un incontrolable temblequeo. Durante el resto de la noche no pegué ojo. Por la mañana noté que tenía los calzoncillos mojados.

     Al amanecer, tras el toque de corneta, me llamó el Furriel. Probablemente aquel tunante cargaba con un cargo de conciencia porque, de inmediato, me tranquilizó:

     –Tranquilo, hombre… todo lo que viviste anoche era una broma. Me puse el chaquetón que se dejó el Brigada y al ser de madrugada usé el despacho del Capitán.

     Al tiempo que sentía el hervor del cabreo lo miré incrédulo, pero me dieron ganas de abrazarlo por el alivio que suponía la noticia.

     Con el paso de los meses fuimos congeniando hasta hacernos amigos, hasta el punto de mantener extrañas conversaciones sobre filosofía y política, las que nos podíamos permitir dadas las circunstancias militares del momento: el Caudillo agonizaba y no era cuestión de tentar a la suerte.

     Aún conservo el libro que me regaló cuando se licenció; una historia novelada sobre Lucrecia Borgia, con una dedicatoria: En un mundo en el que la mayoría de las cosas están mal, hace falta gente como tú. No cambies. 

     Este es un recuerdo más de aquella “puta mili”. Durante el breve paso por esa etapa de nuestra existencia todos hemos conocido personas que, en muchos casos, dejaron huella en nuestra conciencia. A la mayoría de aquellos compañeros nunca más los volvimos a ver, pero los que aún vivimos estamos unidos por la misma edad y una extensa e interminable variedad de recuerdos.

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