El Cable

Manolo Cabrera

Usaba un deshilachado sombrero de paja y andaba despacio, como cargando con el peso de una larga vida de trabajo en las huertas. Tendría unos sesenta años, pero aparentaba más de setenta. Mostraba un agujero en el centro de la oreja izquierda, señal indeleble de su paso por la batalla del Ebro, la única herida que le dejó la guerra civil. “Un poco más y el balazo me entra por el cogote”, solía explicarle a quien se interesaba por saber más de aquel inusual orificio. “Pareces un jipi moderno”, se reían los más guasones. Sin hacer caso a las burlas, Bernardino Machín, el de la oreja jurada, como era conocido, se limitaba a sonreír, inmutable, antes de largarse un lingotazo de ron.

Lo conocí en el ochenta y cuatro. Solía aparecer, de mirón, frente a la obra en la que trabajábamos, a orillas de la carretera del Socorro. Aquellos días del mes de febrero fabricábamos un tanque de control para medir el caudal de agua que mejoraría el abastecimiento de la zona. Durante una de aquellas faenas, el camión que suministraba el material, imprudentemente salió con el volquete levantado tras dejar una carga la picón en la cuneta, lo que provocó el arrancado del cable telefónico. Bernardino llegó unos minutos después del estropicio. Al ver el cable suelto sobre el asfalto preguntó: 

—¿Quién jiso este desparrame, cristiano?, preguntó intrigado.

 Cuando le aclararon que el volquete había roto el cable del teléfono, volvió a preguntar: 

—¿Y cuál es el cable que se jodió, el que lleva las llamadas pallá, o el que las trae pacá?

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